| Autor: Vera Carvajal, el 27-05-2006 00:00 |
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El fértil Valle del Cauca, es conocido desde siempre por sus habitantes de carácter alegre, amantes de la rumba y la buena vida. Pues tal parece que el carácter gozón, proviene desde mucho antes que la salsa se entronará en el gusto de las mayorías, más aún, mucho antes que la conquista llegara con su devastadora faena.
Los libros de historia del Valle del Cauca, en especial los de la escuela primaria, insisten en enseñar que nuestro pueblo, antes de la llegada de los españoles, era bárbaro y belicoso. Por el contrario, resulta que, según los hallazgos arqueológicos más recientes, el fértil Valle del cacique Pete, el Valle de los Lilíes, de los Yotocoes, del sorprendente pueblo de “Malagana”, lejos estaban de aquello.
Los estudios realizados por los antropólogos José V. Rodríguez, Sonia Blanco y Alexander Clavijo, entre otros investigadores del Instituto para la Investigación y la Preservación del Patrimonio Natural y Cultural del Valle del Cauca, INCIVA, han demostrado que los vallecaucanos venimos de pueblos con una sabia cosmovisión, donde la vida se desarrolló sobre la base de un pensamiento práctico, donde las tres entidades del universo (humanos – naturaleza y deidades) son complementarios, y en donde el hombre es el encargado de la recreación, la reproducción y la regularización de este delicado equilibrio.
Nuestros abuelos prehispánicos, además de ser unos sabios ecólogos, eran unos gozones chicheros, que contaban con una dieta exquisita a base de maíz, pescado, cuy, papa, quínoa, fríjol, ahuyama, maní, yuca, ñame y las más apetitosas y carnosas frutas tropicales. Dieta de la cual no estaba exenta su cosmovisión, pues en la olla, debía existir el especial equilibrio de cada uno de los ingredientes: desde los que se dan debajo de la tierra, hasta los que se alzan hacia el cielo.
La calidad de vida de los pueblos del valle del río Cauca, aparece evidenciada en las observaciones de la bioarqueología, a través de las cuales se demuestran, entre otras asombrosas teorías, que nuestras mujeres tenían una participación vital e igualitaria dentro de la sociedad (a diferencia de los Muiscas, por ejemplo); que eran hombres, mujeres y niños bien nutridos; con un desarrollo estético elevado que significaba su particular organización del universo, y con una implementación perspicaz de ingeniería hidráulica, que permitió tener poblaciones adecuadas para las exuberantes tierras selváticas y pantanosas de la región.
Cuando pienso en los pueblos prehispánicos, esos desconocidos, pienso en los abuelos que no conozco, esa línea con el pasado que perdí. Tal vez por eso me maravillan las historias que cuentan los huesos de los hombres y mujeres que llegaron hasta nosotros, por la genética, por la cultura, por una historia en común que se resiste, afortunadamente, en desaparecer, y que por el contrario, cada vez parece más próxima a develarse. A pesar del peso de la palabra escrita de los cronistas de la Conquista, palabras que han pesado como plomo, palabras que sembraron vergüenza donde nunca debió existir.
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Última vez actualizado el : 27-05-2006 12:18
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