| Autor: Mauricio Nieto Aguado, el 26-05-2006 00:00 |
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Los brazos de calor luminoso golpeaban mi rostro ensopado de un sudor denso
y agazapado en unas cobijas gruesas que me engullían como pitón
a su presa, él siempre irrumpía mi privacidad entrometiéndose
por entre las cortinas, despertándome de los estados oníricos
que me alejaban de esta quejumbrosa realidad que me aquejaba por aquellos días.
- José, ¿vas a desayunar? pregunta una voz dulce y seductora.
Miro de reojo el reloj indicando que son las siete de la mañana.
- Si por favor - respondo de una manera tajante, aunque muy dentro de mí
una fuerza superior no me dejaba desembarcar de esa tripulación de tierras
inhóspitas e inimaginables.
Decido desprenderme de toda actitud pasiva y tomo impulso para colocarme mis
sandalias y dar algunos pasos para abrir la puerta de mi “baticueva”,
en ese instante, se asoma por entre el cubículo que comunica la cocina
con mi habitación una figura de unos 90,60,90, piernas torneadas y firmes
pechos, piel color canela, y un cabello tan negro como azabache, que me indicaba
que mi desayuno estaba servido.
Ella era Paola, la nueva empleada que había conseguido mi mamá,
después de un descalabro económico causado por la antigua “ingeniera
de servicios varios”, que por cierto, con el botín que pudo sustraer
se daría el lujo de no trabajar por unos buenos meses.
Al devorar mi alimentación matutina, me dirigí a mi claustro
a seguir devorando pero la metamorfosis de Kafka, que aunque últimamente
me estaba empapando de unas “depresiones mortales”, no podía
desprenderme de la idea de conocer más a fondo de la vida del pobre Gregorio
Samsa.
Era un lunes, de esos que no dan ganas sino entregarse al devenir del Mundo
y de tirarse en la cama a esperar que Dios escoja el destino por uno.
Estábamos solos, ella con su uniforme corto y descotado, que hacían
desbordar los más bajos instintos hasta al más casto. Élla
contoneaba sus curvas cada vez que se trasladaba frente a mis pupilas, y se
agachaba mostrándome dos grandes montañas que por cuestiones de
la gravedad mantenían su estado firme y puesto en el lugar indicado.
No pude aguantarme más y me avalancé como un tigre a su presa,
rasgando sus prendas de una manera tan ágil y desesperada, que parecía
una piraña en el amazonas despojando de sus carnes a una bestia descomunal.
Todo era un juego que rompía con la rutina de la masturbación
noctámbula, para convertirse en el cumplimiento de uno de mis sueños
eróticos acumulados como en un acordeón por años de abstinencia.
Después de largos diálogos jadeantes, ella decide confesarme
toda la verdad.
- José, esto tenía que pasar – me hablaba con un tono
de nostalgia, el cual yo no alcanzaba a comprender.
- Claro, si no hubiera pasado, no me lo hubiera perdonado –respondí.
- Lo que quiero decirte es que yo vine por ti. -
- ¡Vea pues!, eso si que me halaga. –
Al otro día, no me despertó la suave voz de Paola, sino el grito
descomunal de mi madre viendo mi cuerpo inerte, envuelto entre las gruesas cobijas
que me daban un aspecto de “cadáver exquisito”.
Última vez actualizado el : 25-05-2006 12:42
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