| Autor: Javier Hernando Santamaría, el 29-06-2006 14:17 |
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Sábado por la noche, después de una acalorada pelea con mi posesiva
y celosa novia, que dio por terminada una relación de más de tres
años, me dirigí algo malhumorado y con un despecho a flor de piel
hacia una discoteca recientemente inaugurada en Juanchito. El rumbiadero estaba
atestado, el frenesí que desencadenaba la música de moda, las
luces y el olor a sexo, pronto me contagió y me sumergí en una
aventura de seducción que aún hoy, al recordarla, me hiela la
sangre...
Hoy en día son muy comunes los parches de mujeres y hombres anónimos
que van a los bares y discotecas en busca de una simple y desfogante aventura,
sin limites, ni compromiso alguno y que sencillamente culmina con el alba en
el cuarto de un motel, los recovecos de un baño publico, el interior
de un carro, o en cualquier improvisado escenario que le permita a la lujuria
hacer de las suyas.
Cuando la vi perdida en aquel mar de personas, me sentí literalmente
hechizado por su mirada enigmática, el contraste de aquellos ojos verdes
esmeralda con esa piel lozana muy blanca, en una maravillosa conjunción
con su cabellera azabache, tanto como el conjunto ceñido que resaltaba
las formas casi perfectas y sensuales de su cuerpo y que me fueron llevando
a ella como un poderoso imán. Se encontraba extrañamente sola
en una mesa, en la que solo reposaba un lloroso vaso con agua y un cenicero
en el que se terminaba de consumir una colilla de cigarrillo de marca. Sin musitar
una sola silaba me extendió una mano y se aferró a mi cuerpo como
suplicando protección, bailamos hasta el cansancio, nuestros labios se
tornaron rojos e hinchados de tanto besar, mis manos recorrían hasta
el casi éxtasis ese deseado cuerpo...extrañamente frió.
A cada pregunta mía respondía con una tenue sonrisa de Monalisa,
en la chispa de sus ojos adiviné que se moría por que la hiciera
mía. Subimos presurosos al carro y entramos en el primer motel que se
atravesó en la ruta. Me sentía como un púber en su primera
vez. ¡Adiós al despecho!. Recuerdo que al entrar al cuarto ella
empezó a mostrarse extrañamente triste, como asustada, se sentó
en la cama y me miraba con angustia. Pensé que de repente se sentía
avergonzada por lo que yo pudiera pensar de ella. La bese y la abrase con cariño
y le dije que ella no era una aventura más, que lo nuestro era amor a
primera vista. De nuevo dejo traslucir su sonrisa de Monalisa. Decidí
entrar al baño para darle tiempo a nuestro asunto. Cuando salí
ya no estaba. Al llegar a la recepción, ni el portero, ni la conserje
la habían visto salir, se había esfumado como por arte de magia.
Intrigado volví a la recepción, la conserje y el portero leían
un periódico, comentaban algo sobre un accidente en la vía Cali-
Candelaria en la que había perecido una muchacha arrollada por una tracto
mula la noche anterior. La curiosidad me llevo a ser participe de aquella noticia...
Al mirar la pagina de aquella funesta noticia sentí un helaje que me
pasmó toda la pasión que aquella bella dama de negro había
logrado avivar en mi: La chica que minutos antes había entrado conmigo
al motel estaba fotografiada en el periódico, era la victima del accidente
de la noche anterior. ¡Era ella, era ella, lo juro!. Última vez actualizado el : 29-06-2006 14:17
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