| Autor: Veronica Cornejo - Publicación: Javier Hernando Santamaría, el 11-07-2006 00:00 |
| Visitas |
3683  |
|
|
|
Soy una más de esas personas que viven apiñadas en esta capital que se mueve como caracol en medio de un complot de baches y semáforos en rojo la mayoría de los días de la semana mientras una bóveda gris e irrespirable parece amenazarnos a perpetuidad con la escasez de luz solar en tanto que se nos va agudizando la sensación de que es tarde. Tarde para esperar el bus. Tarde para pensar en correr escaleras abajo y llegar a la estación de metro casi sin aliento. Más que tarde para “lo nuestro “que es a estas alturas una sombra tan imprecisa que nos hace confundir a un desierto con un oasis. Y ya que la hora avanza opto como muchos otros por tomar un taxi y subirme cruzando los dedos para que lleguemos únicamente unos 15 minutos más allá de las 09:00. Lo del taxi puede ser más bien un pretexto un “Sé que llegué tarde, pero hasta cogí un taxi para no atrasarme “
El viejo taxista me mira y me pregunta “¿A dónde la llevo, Señorita? “ Y me invade la misma sensación que aquella de estar en el diván de un psiquiatra a la espera de desmadejar años de historia personal para llegar tal vez a un diagnostico de locura irreversible o a algo más a plazos como la necesidad una terapia de liberación pagada en cuotas que más que beneficiosa para el paciente lo es para el bolsillo del médico tratante .Claro, el análisis dentro de un taxi es mucho más barato y de resultados inmediatos. Algo así como una terapia express.
“A la calle escritores de Chile #830, por favor “ digo con voz apresurada .Por toda respuesta el taxista me hace un gesto con la raída visera de su gorro y sigue derecho pero escucho alto y claro en mi cabeza las interrogantes que salen de sus ojos grises y caídos por el paso de los años… “¿Cuánto tiempo lleva con él? … ¿Con Claudio? (valga mencionar mi monogamia tan excéntrica que se da en muy pocas especies vivientes) A estas alturas me parece una vida pero no es tanto porque recuerdo nítidamente el día que me mudé a su apartamento. Traje hasta mi colección de cactos y bonsáis y todas mis expectativas dentro de una maleta prestada. Muchos pueden decir que este es el verdadero punto de partida de una relación de dos adultos comprometidos. No lo sé, porque también puede ser el final de algo tan apreciado como la libertad. A la luz de los hechos, creo también que hay personas que vienen genéticamente programadas para la vida en pareja y en familia. Otras, en cambio, están predispuestas a ser únicas e individuales y hasta irrepetibles en el más mínimo rasgo hasta el fin de sus días. Algo parecido a ermitaños en medio de la ciudad y de sus luces incandescentes a quienes la continuidad de la especie no les merece una renuncia a su condición de seres – islas. Lo irónico del caso es que estos seres atraen a sus mitades opuestas como la luna atrae las mareas Claudio se reiría de semejante metáfora , pero en cambio creo que esta teoría mía le parece al psiquiatra con camuflaje de taxista por demás interesante pero muy atinadamente decide no interrumpir mi línea de pensamientos.
Ahora pienso que Claudio visitaba todos los viernes el bar “Los Poetas “y creo que al menos uno de los cantineros era su psiquiatra de cabecera y su medicamento esencial un whisky casi intravenoso y esto me despierta la curiosidad por saber que versión daba él de nuestra historia.
“Disculpe el bocinazo, pero este tipo pretendía atravesarse” – me aclara el taxista- mientras voy concluyendo que yo simplemente me dejé llevar porque por entonces sólo hablamos de cuanto nos amábamos, de lo importante que era esta decisión y es que basamos la relación en un sexo irrefrenable, y en afinidades como la mutua soltería y así planteado lo nuestro parecía estar destinado para siempre aunque ahora eso suene más a condena a cárcel perpetúa.
El primer año pasó y yo fui decorando el departamento a mi gusto. Sus amigos y algunos de los míos venían muy seguido a comer… y las estaciones se fueron una tras de otra y casi sin darme cuenta llegamos al tercer año de vida en común. El era el hombre de mi vida. El único en mi vida Cosa que no captó por aquello de querer seguir siendo el único centro de la suya. Luego fui pensando en tener un hijo. Lo que él interpretó como una exageración del reloj biológico. Aún hay tiempo dijo y era cierto. “Cuidado Isabel, te estoy sintiendo atrapada” me dijo mi colega de oficina, pero la ignoré y como en un laboratorio decidimos ensayar como padres y partimos comprando unos peces tropicales. Luego, una tortuga (que aun no entiendo como desapareció del departamento ¿Será que se aburrió de nosotros?) y finalmente un perro.
“Señorita, la calle esta desviada. ¿Le parece si tomamos la transversal?”
“Sí, claro, pero por favor, apúrese. El tiempo pasa volando “El viejo taxista me observa por el espejo y lanza su primera sentencia previa al diagnostico: “El tiempo es algo relativo como el amor y la belleza de las cosas “
¿Relativo el tiempo, relativos siete años? Ahora recuerdo, que son siete los años vividos con Claudio. Pienso en silencio. Puede que tenga razón. Mirándolo desde la ventanilla de este taxi, siete años puede ser sólo un parpadeo, pero lo cierto es que con mucha frecuencia uno no llega a entender para que se permanece juntos tanto tiempo si se siente que no concreta nada más que espantar la soledad e instalar la costumbre como sucedáneo del amor. Si, las mascotas reemplazaron de los hijos. Sí, pensamos años en plantas decorativas más que en hacer planes en común. Sí, el football y cervezas con amigos postergaron muchas veces la intimidad. Cada vez más mecánica, breve y tan pobre en orgasmos reales que a uno le toca fingir para evitar el desastre.
El departamento fue adquiriendo el aspecto de un pequeño amazonas y el perro lo tuvimos que regalar porque creció más de lo esperado. Lo silencios se hicieron largos y profundos Entonces comprendí que Claudio no querría hijos porque no se podrían devolver o endosar. Un día simplemente dijo “¡El mismo tema por el que me dejó Gloria. Que fastidiosa te has vuelto, Isabel! Entiende. Somos una pareja en medio de un mar de gente que busca y busca y no encuentra su otra mitad.” Ahora lo sé. Existen peces que no nunca podrán abandonar su pecera, pero no todos somos de la misma especie.
Como si el taxista hubiera escuchado mi conclusión dice: “Creo, que estamos por llegar al fin del recorrido. La próxima esquina es el numero #830 de Escritores de Chile.”
¿Tan pronto? No, yo necesito más tiempo para decidir. Esta vez lo digo en voz alta y sorprendiéndolo con mi vehemencia. Pero como si la sesión estuviera terminando y hubiera tomado notas imaginarias de mi caso dice pausadamente: “Así es. Ya llegó donde quería. Espero que este recorrido en taxi sea buen comienzo”
¿Será verdad que me escuchó? Le pago la carrera y me bajo del auto sorprendida. Más liviana. Casi feliz en medio del caos de retroexcavadoras y sirenas delirantes. Ahora soy yo la que escucha telepáticamente su respuesta:” He visto tantos casos como el suyo que sólo le recomiendo que no pierda más el tiempo” y se aleja. Ahora con un nuevo pasajero a bordo. Un sacerdote ¿Le recomendará dejar sus hábitos? ¿Lo cuestionara por el poder oculto de la iglesia? No lo sé realmente. Sólo sé que esta tarde volveré al departamento a recoger mis cosas para empezar de nuevo y todo gracias a un recorrido en taxi por esta congestionada ciudad. Si le contara a Claudio que fue lo que me decidió a abandonarlo no lo creería. Sería más fácil decirle que me fugo con un viejo taxista que colecciona bonsáis. Última vez actualizado el : 10-09-2006 09:42
(0)
|
|
|