| Autor: Vera Carvajal, el 24-10-2006 00:00 |
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Hoy salía para mi oficina en la mañana. Salía de prisa, con el afán de haber comenzado el día tarde. Pensaba en los proyectos que debía presentar, y en las cuentas por pagar que no dan espera y ese tipo de cosas urgentes que nos ponen siempre dentro de la tenaza.
Antes de subirme al carro, vi una muchedumbre de gente que traía una forma humana al que solo se le podían oír sus gritos, sus lamentos. Lo traía arrastrando el vigilante de la cuadra. Lo traía como un trofeo: era un ladrón, y por consiguiente, sus captores se dieron a la tarea de darle una buena paliza, una buena muenda para aleccionarlo, para que no se olvide que en este barrio de personas de bien, no se puede meter, así la policía lo suelte, como probablemente sucederá, quedará advertido.
El hombre quedó frente al carro en que debía irme. Hubiese querido arrancar y no verlo, seguir en mis cavilaciones de agenda del día, pero sus ojos quedaron frente a los míos. Algo extraño sucede cuando uno mira a otro a los ojos: se ve uno mismo.
Mi papá tenía un extraño castigo para sus hijos cuando se pegaban o se ofendían. Nos ponía frente a frente. No sé exactamente si la rabia se iba primero y después nos mirábamos a los ojos, para dar paso a las lágrimas o las risas y después al juego como sello de olvido del impase, o primero nos mirábamos a los ojos de forma inevitable y se iba la rabia. No puedo recordar con precisión, pero si sé que aunque a veces nos sentíamos realmente humillados, contenidos, este extraño castigo nos enseñó a mirarnos a los ojos antes de lanzar el zarpazo.
Hoy vi en la muchedumbre que apaleaba al ladrón las patadas de la rabia de la miseria, los sombrillazos del desamor, los puños de la angustia cotidiana, que se colaban con un tinte de legitimidad, la legitimidad de creer que mediante el dolor es posible resarcir los daños, creencia tan común a todas las culturas, pero también la gente exorcizaba su furia con ese hombre de rostro desencagado que rogaba clemencia después de haber robado unos rines.
Solo don Marcial, el viejo jardinero de la cuadra se opuso. Tal vez por su oficio de sembrar y ver crecer, y podar…
Yo no hice nada. Solo lo vi a los ojos y me quedé anclada en la necesidad de vivir este día de prisa. No hice nada por él, tal vez por eso a esta hora de la noche, tengo clavada su mirada en mis retinas. ---
Encuentre este y muchos artículos más en Tierra de Maíz, el blog personal de Vera Carvajal - www.tierrademaiz.com Última vez actualizado el : 23-10-2006 20:49
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