| Autor: Núria Soto, el 22-05-2007 18:14 |
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Una
obra de Miró, la reconocemos todos enseguida. Ahora bien, entenderla ya es otra
historia... A algunos les gustan sus lienzos de fondos planos y amplios poblados
de manchas de colores muy vivos. A otros les parecen una tomadura de pelo. ¡"Esto
también lo puedo hacer yo!", dicen. Unos y otros se olvidan que el arte es intención.
Que la obra de Miró conforma todo un universo de símbolos a través de los cuales
el pintor no quiere sino transmitirnos sus inquietudes y preocupaciones. Comprender
todo esto es admirar Miró. Si bien es cierto que la abstracción de sus pinturas
nos dificulta el camino, sólo necesitamos una buena explicación para entender
a Miró.
El nacimiento de un pintor
Joan
Miró nace en Barcelona en 1893, hijo de un relojero. En 1907 empieza a estudiar
en una escuela de comercio y en 1909, a trabajar como escribano en
una droguería. Aun así, en 1911 contrae el tifus y debe retirarse a la masía
familiar de Mont-roig, en la provincia de Tarragona, de donde era natural
su padre. Es entonces cuando Miró descubre su potencial artístico y decide
dedicarse a la pintura. Desde pequeño se había aficionado al dibujo, y a los
catorce años se había matriculado en la Escuela de bellas artes de La
Llotja en Barcelona; pero nunca había estado seguro de su vocación artística.
Primeras influencias
A los dieciocho años, Miró estudia pintura en la Academia
de Francesc Galí en Barcelona, y se relaciona con el resto de artistas catalanes
del momento. Se trata de un ambiente dominado por las últimas tendencias de
la pintura moderna europea, que se conocen en la Barcelona de principios de
siglo gracias a las exposiciones de la galería Josep Dalmau. Por eso las primeras
obras de Miró, entre 1916 y 1919, se realizan bajo la influencia de Cézanne,
Van Gogh, el cubismo y el fauvismo.
Imagen
a la Izquierda: En la obra Nord-Sud de Miró (1917) se percibe la clara
influencia del fauvismo en la pincelada y los colores. Imagen a la derecha:
En Prades (1917) el cielo de Miró recuerda
notablemente a los de Van Gogh y las formas geométricas a los paisajes de Cézanne.
Fauvismo
Caracterizados por el gesto agresivo de su pincelada gruesa
y de sus colores vivos, los fauvas no quieren representar las
cosas tal y como las ven, sino expresarlas tal y como las sienten. En la obra
Norte-Sur, de 1917, Miró adopta el color y la pincelada de las pinturas
del fauvismo.

Cézanne y el cubismo
Para Cézanne, todas las cosas esconden una forma geométrica
básica; por ejemplo, una casa es, en el fondo, un cubo y una montaña, media
esfera. De esta manera, Cézanne tampoco desea mostrar las cosas como las ve,
sino extraerle esta forma geométrica básica de la cual están hechas. Los cubistas
parten de esta idea hasta fragmentar las formas para enseñar simultáneamente
todos los puntos de vista. La obra Siurana, el pueblo, de 1917, que
Miró construye a partir de volúmenes geométricos, nos acerca a los paisajes
de Cézanne o a aquellos que Picasso y Braque pintan antes de emprender la aventura
cubista.
Van Gogh
Van Gogh es un artista atormentado. Esta angustia y esta melancolía
que siente, sabe transmitirlas en todos los elementos de sus pinturas.
En la obra Prades, una calle, de 1917, el cielo de
Miró recuerda notablemente los cielos de Van Gogh. Así pues, Miró no inaugura
su obra con ejercicios de pintura clásica, sino usando aquello que más le interesa
de los nuevos movimientos artísticos modernos. Ésta será una característica
que le acompañará a lo largo de toda la vida. Miró no puede encuadrarse en ninguna
de las grandes tendencias pictóricas del siglo XX, pero utiliza algunas de ellas
para expresar sus inquietudes personales.
Una identidad rural
El eje central sobre el cual gira casi toda la obra de Miró
es la intensa comunión que experimenta con la tierra y la naturaleza. Su relación
con éstas es la de un labrador. Miró está convencido de que las personas tomamos
nuestra fuerza de la tierra que pisamos, de forma análoga a cómo lo hace un
árbol a través de sus raíces.
Imagen
a la Izquierda: Pintado entre 1921 y 1922,
este cuadro (La Masía) representa la masía que la familia de Miró había
comprado en Mont-roig y reúne todas las particularidades del universo imaginativo
del pintor. Quizás por esto, la compró Hemingway, porque intuía su importancia.
Por
una parte, el árbol que encontramos en el centro de la obra, las raíces del
cual se adentran en un agujero negro y misterioso en medio del suelo, manifiesta
sin duda la energía enigmática que el artista otorga a la tierra, uno de los
hilos conductores de su obra. Por otra parte, la precisión ingenua del dibujo
de animales y objetos; el espacio pictórico de dos dimensiones, tomado de las
imágenes de la pintura medieval catalana, que tanto impresionó a Miró desde
que era un niño; y el color agudo y frío, que transmite un surrealismo ya presentido,
proporcionan la llave del lenguaje de la pintura de Miró, depurado durante los
años siguientes.
Aunque Miró nace en Barcelona, más que el ambiente cosmopolita
en que se cría, le causa un gran impacto el campo, los escenarios de los cuales
son para él Cornudella, en Tarragona, tierra natal de su padre, Mont-roig, donde
la familia adquiere una granja cuando él es un niño, y Mallorca, de donde era
original su madre.
Para Miró, la energía que surge de la tierra ilumina y transforma
la realidad. Decisiva y reveladora de estas creencias del artista es la serie
de paisajes realizados en Mont-roig, Cambrils, Prades y Siurana entre 1918 y
1924, y especialmente los de Mont-roig de 1918 y 1919. Denominados detallistas
por la descripción minuciosa que en ellos se hace, evocan la idealización del
pintor del mundo rural, que aparece siempre bajo una luz intensa y uniforme,
intentando revelar esta vida secreta de la tierra de manera casi religiosa.
La
experiencia surrealista
Joan Miró,
Carnaval de Arlequín (1924-1925)
A partir 1920, en París, Miró conoce los artistas y escritores
que, a partir de 1924, formarán el movimiento artístico del surrealismo y, desde
1925, expone regularmente con ellos. Bajo la influencia de los surrealistas,
el estilo de Miró va madurando, pero pese a los nuevos contactos, el pintor
obedece sólo a sus propias ideas.
Miró no es un pintor surrealista propiamente dicho. Nunca pinta
sueños ni practica la escritura automática, tal y como emana, para revelar el
inconsciente; y, a diferencia del resto de surrealistas, como por ejemplo Dalí,
se aleja progresivamente de las formas y visiones concretas y de las referencias
a la realidad visible. Aun así, sus materiales artísticos son los de los artistas
surrealistas: el inconsciente, la fantasía, el sueño. Miró se aprovecha de estos
nuevos vocabularios adquiridos por el surrealismo para crear un lenguaje
singular, personal e inconfundible, capaz de expresar su gran preocupación,
la fuerza mágica de la tierra.
Así, en 1923, gracias al surrealismo, Miró crea un universo
propio, medio fantástico y medio familiar, al mismo tiempo humorístico y tierno,
considerado uno de los más originales del siglo XX. En Carnaval de
Arlequín (1924-1925), la primera obra de Miró plenamente integrada en este
nuevo mundo, vemos como el pintor usa el lenguaje de los sueños para transformar
aquello que es real e introducirlo en un universo propio estrictamente pictórico.
Un
universo propio
La guerra civil española. De 1929 a 1938, Miró acusa
la influencia de la guerra civil española, que perturba el ánimo del artista,
en la pintura atormentada de sus telas. Los fondos oscuros, la deformación de
las figuras y el tono angustiado de las composiciones son característicos de
este periodo.
Joan
Miró, Despertar de matinada (1924-1925)
Es un magnífico ejemplo Mujer y perro ante la luna,
de 1936, la figura femenina de la cual se asemeja muchísimo a la del Guernica
de Picasso, cuadro un año posterior. Además de expresar el desastre de la guerra,
esta pintura anuncia ya uno de los personajes principales que pueblan el universo
propio del pintor: la mujer. Y es que en la década de 1930, el lenguaje tan
personal de Miró está a punto de consolidarse.
En numerosas entrevistas y escritos de esta época, el artista
declara que desea abandonar los métodos convencionales de la pintura para encontrar
una forma de expresión definitivamente contemporánea.
Constelaciones. En 1940, en Varengeville, un pueblecito
del norte de Francia donde Miró se había establecido con su familia el año anterior
al huir de la guerra, son concebidas una serie de veintitrés pequeñas obras
con el título de Constelaciones. El cielo, las estrellas, los pájaros
y los animales representados en esta serie conforman la imagen de un universo
propio, poblado por personajes propios, que Miró ya ha conquistado.
Un
lenguaje propio
En 1941, Miró vuelve a España, y una gran retrospectiva en
el Museo de Arte Moderno de Nueva York supone su consagración internacional
definitiva. Es precisamente entonces cuando su lenguaje peculiar madura y acaba
de perfeccionarse.
Joan Miró, Dona i ocell (1982)
El universo creado por Miró es tan personal como independiente.
Tiene sus propios personajes, que conversan en términos de colores graves o
sonrientes y que habitan sólo en los fondos de sus pinturas, aisladas del mundo
real.
Viaje al interior de la naturaleza. La desmesura
de los pies de las figuras de Miró expresa su creencia de siempre que la fuerza
la toma uno de la tierra que pisa. La idea que existe una energía secreta de
la tierra que nos da fuerza se encuentra ya en las primeras obras de Miró. Sin
embargo, en estas obras tempranas, se trata de la energía de una tierra concreta,
local. En cambio, en el universo consolidado de Miró, esta energía de la tierra
es universal, de todas las tierras en general. Es una energía interior de la
naturaleza que otorga fuerza a todas las cosas impulsándolas al movimiento.
El sol, los pájaros y las estrellas del universo mironiano son la expresión
de la energía mágica de la naturaleza. También las líneas finas, detenidas
en un punto o en un paréntesis, que hace de barrera e impide la fuga de la energía
de la línea, nos hablan de esta fuerza misteriosa de la naturaleza porque explican
el movimiento y la parada de las cosas, el ritmo constante del universo.
Miró, un niño mayor. La ingenuidad de la pintura
de Miró, que se acerca cada vez más a un lenguaje intuitivo, que recuerda al
de un niño, no resta valor a sus obras. Al contrario, les estampa un sello personal
e inconfundible, una inmediatez inimitable.
Además, pintar como un niño no es fácil. La educación, las normas sociales
y el conocimiento del arte, que nos encaminan a dejar atrás la niñez y su espontaneidad
irrepetible, pesan más de lo que nos damos cuenta. Volver a pintar como un niño
es todo un ejercicio consciente de recuperación de los valores infantiles y
de liberación de las convenciones sociales. Es, pues, todo un hito, que el trazo
negro y grueso de Miró sea cada vez más simple. Junto con los colores primarios
de sus cuadros, es el que hace que la obra de Miró acontezca tan universal.
Un final feliz. Los últimos años de su vida, Miró sigue profundizando
en su lenguaje original y, con un universo propio y suficientemente asentado,
se lanza en busca de nuevos apoyos y materiales: mosaico, cerámica, escultura,
tapiz; el artista no tiene miedo a nada. Sin caer en la tentación de sacarle
partido a la fama, realiza murales para la UNESCO, Harvard e IBM, y la conocidísima
escultura monumental Mujer y pájaro que, instalada en un parque de
Barcelona que lleva su nombre, es la última obra de Miró.
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Cortesía de la Revista Eureka de España
- www.portaleureka.com. Última vez actualizado el : 22-05-2007 18:14
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