| Autor: Vera Carvajal, el 29-09-2007 00:00 |
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Esta fábula de Augusto Monterroso, es una especie de
advertencia a quienes pretendemos el oficio de escritor, en esta época
considerado un oficio tan necesariamente aséptico, estelirizado de las
propias convicciones, a no ser claro, que estan deriven en un velado apoyo al
sistema de cosas instituida, caso en que cualquier filtración ideológica
no solo se perdona, sino que se premia con la entrada al parnaso de la intelectualidad
mediática.
El mono que quiso ser escritor satírico
Augusto Monterroso
En la selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.
Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para
ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó
a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo
mientras estaban distraídos con la copa en la mano.
Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían
a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó
el arte de ser mejor recibido aún.
No había quien no se encantara con su conversación
y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por
los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante
los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional,
nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre,
claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder
retratarla en sus sátiras.
Así llegó el momento en que entre los animales
era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara
nada.
Entonces, un día dijo voy a escribir en contra de los
ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo
y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por
las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó
que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas
y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por
suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.
Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso
el ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios -auxiliares en realidad
de su arte adulatorio- lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos,
sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían
aludidas, y desistió de hacerlo.
Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos
y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué
ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género,
y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente
con la Cigarra, que egoísta no hacia más que cantar y cantar dándoselas
de poeta, y desistió de hacerlo.
Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad
sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras
que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de
éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió
de hacerlo.
Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades
y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus
baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa
y en él mismo.
En ese momento renunció a ser escritor satírico
y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero
a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que
se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.
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Tomado de La oveja negra y demás fábulas, México,
Era, 1969. Última vez actualizado el : 29-09-2007 12:52
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