Expresión Viva - El verdadero mundo de Rico (Cuento Corto)

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El verdadero mundo de Rico (Cuento Corto) Imprimir _CMN_EMAIL
Autor: Carolina Ángel Idoro, el 07-02-2006 00:00
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Sonaron las maracas. Al son de la marimba bailaban y cantaban, hombres y mujeres movían sus cuerpos al compás de los tambores. Era evidente cómo aumentaba la euforia a medida que las trompetas agudizaban su sonido, y el ritmo de los bombos se hacía más constante. Llegó el Señor de la esquina estrenando tambor, llegó también una chica con un clarinete, y así aquella gazapera seguía haciéndose más y más grande, y la barahúnda era constante. Hace rato que nosotros habíamos llegado también.

Nadie nos puso cuidado, excepto la señora regordeta que nos miraba como si fuéramos los más exquisitos del lugar, cuando en realidad éramos de entre nuestros compañeros, los más ordinarios -excepto Cary -. Nos invitaron a pasar muy comedidamente a un pequeño cuarto ubicado al fondo de la vieja casona. En el lado izquierdo estaba la cocina, y podíamos ver a la gorda “madame” preparando un guiso de no se qué hierbas; también veíamos y escuchábamos la algarabía que había en el patio, en la cual deseábamos estar presentes.

Por nuestra parte hicimos una fiesta privada. Ya que nadie nos paró bolas empezamos a cantar y a bailar solos; Coco gritaba y movía sus gruesas piernas al compás de mis canciones, Cary saltaba de un lado a otro y yo cantaba como todo el tenor que seguramente era. En esas andábamos cuando Cary comenzó a tatarear:

Mire: ahí viene el hombre bravo.
Oye: viene con un ritmo bien sabroso.
Ponga. Atención a lo que va a decir: malo.
Mire: ahí viene el hombre bravo.
Oye: viene con un ritmo bien sabroso.
Ponga: atención a lo que va a decir: malo.
¡El más que dice: a dónde está el ritmo!, el ritmo nuevo, que lo sabe bailar…
¡cuando lo oiga!, ustedes van a saber… ¡que este ritmo es el mejor!... ¡
El exigente!, ¡el exigente! – mira: te pone a gozar- ¡el exigente! – caballero te pone a bailar-. ¡El exigente!.

Esa era la canción del grupo. La cantábamos cada vez que venía Don Raimundo para llevarnos con él; todavía no sabemos hacia dónde -pero estábamos cerca de averiguarlo-, seguramente a conocer el mundo. A veces pensaba que los escogidos eran llevados a otro país, a un lugar más grande, donde había muchos prados amarillos; y quería que me llevaran a mí rápidamente – a cada uno le llega su turno-. Cary decía que se los llevaban directo al estrellato, que el día que ella se marchara deseaba ir a cantar. Como en ese momento lo hacían a nuestra derecha esas personas. Pero eso no era París, ni un campo color amarillo, entonces… ¿dónde estábamos?.

En realidad no me importaba mucho, pues en ese momento estaba feliz. Tenía buena comida, escuchaba música, y veía a la muchedumbre bailando frente a mí, como si fuera un espectáculo preparado solamente para nosotros tres. Además estaba, ¡por fin!, cerca a Cary. ¿Les conté que Cary y yo nunca antes habíamos hablado? a ver: resulta que yo siempre fui el más asediado por todas las pollitas, pero no por papacito sino por buena gente.

Rico – así me llaman- hazme tal favor, Rico “por fa” préstame esto, tráeme aquello, muéstrame lo otro. Y yo, por supuesto, siempre estuve dispuesto. Aún ahora estaría dispuesto. Siempre esperé que Cary me pidiera un favor. Un solo favor. Yo se lo hubiera hecho con el mayor gusto del mundo; pero ella nunca me dirigió la palabra, ni siquiera me necesitaba para matar las cucarachas que se metían entre las rendijas de las tablas mohosas de que estaba hecho el viejo establo. Se bastaba sola, y yo me limitaba a verla cantar y saltar desde lejos.

Pero en esa ocasión pude estar mucho tiempo cerca de ella. Llevábamos largo rato juntos aunque no solos -pues también estaba Caco-. No reniego por eso, pues de todas formas tuve muy buena suerte de que don Raimundo me escogiera, ¡precisamente a mí!, con Cary. Ella escuchaba atentamente esperando el momento en que la llamaran para llevarla a París; yo estaba embobado con el espectáculo de esas personas, y observando cómo batía el viento, con sus caderas, aquella chica hermosa… tenía mucha sed, esperaba que pronto trajeran líquido, Cary cantaba, mientras tanto…

-¡Señora no!, a mí todavía no me toca- gruñó Caco -¡no con usted!- gritaba, mientras la gorda inmunda lo arrastraba rumbo al lugar desconocido.

A lo lejos oímos cómo gritaba y cantaba tristemente, era como si estuviera despidiéndose de nosotros, como si estuviera tratando de decirnos algo, de advertirnos de un peligro cercano. Yo ya no estaba tan tranquilo, no creía que ese lugar fuera tan seguro cómo pensábamos. Me inundé de una angustia insoportable, y lo único que ahora deseaba era marcharme de allí. No con la gorda, no con el de la trompeta, que ya se acercaba al pequeño cuarto de barrotes grises y techo de madera, que más bien parecía una… ¡una jaula!. Estábamos en una jaula, siempre había sido así, y ni siquiera lo sabíamos.

El hombre abrió la puerta y me tomó de una pata. Tiró fuertemente. Yo corría. Logré saltar por encima de sus dedos. Su mano seguía persiguiéndome. Como no me alcanzó, empezó a perseguir a Cary , ella corría y saltaba de un lado para otro como loca, alzaba una pata, luego la otra, así se escapó del hombre durante más o menos cinco minutos, hasta que él la aprisionó contra el suelo y metió la otra mano para sacarla. De un picotazo lo hice retroceder, ¡primera victoria!. De pronto aquella mano volvió en sí. Y empezó nuevamente la persecución, la mano contra el pescuezo, las patas en el aire, el pico contra los dedos, las uñas entre las alas, fue una larga batalla. Al final Cary sucumbió, pues el hombre nos agarró a los dos el cuello. Yo no podía permitir que se la llevaran. No a ella. Piqué la mano que la sostenía a ella y el hombre la soltó; Cary cayó patas arriba. Me miró como agradeciéndome por ese favor que acababa de hacerle, sin siquiera pedirlo. El primero, el único y el mejor, pues ¡le salvé la vida!.

En eso pensaba. En don Raimundo y sus chistes malos, en la pequeña y estrecha comarca, en el cuarto que resultó ser una jaula, y el país color amarillo oro, en la chica más bonita que me regaló la mirada final y la señora regordeta, que puso sus manos alrededor de mi largo cuello; yo no entendí ¿será un masaje?, ¿una nueva forma de saludar? No, solo escuche algo como un: CRUNCHH. Y no supe más de mí.

Todavía creo que tuve mucha suerte al ser escogido junto con Cary. A lo mejor ella si pudo cumplir su sueño de ser cantante… y eso gracias a mí…

Mire: ahí viene el hombre bravo.
Oye: viene con un ritmo bien sabroso.
Ponga. atención a lo que va a decir: malo.
¡El exigente!, ¡el exigente! Mira te pone a gozar,
¡el exigente! Caballero te pone a bailar, ¡el exigente!...

Última vez actualizado el : 07-02-2006 00:00

Publicado el : Crónica, periodismo y literatura, Cuentos cortos
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(1) RSS comentarios
Enviado por Calamitatum, el 10-05-2006 14:10, , Guest
1. Inquietante
Es un texto extrazño, bizarro y sugerente. Me da vueltas la cabeza. Muy bien escrito.
 
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