| Autor: Alonso López Ramírez, el 08-02-2006 00:00 |
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Captó la melancólica alegría del blues que iniciaba. Toda la cadencia entre triste y sugestiva recorrió su cuerpo para ir a concentrarse luego en sus pezones, los cuales bajo el vestido delataron el desbordado arrebato que apoderose de ella. Permítame el lector si llego a abusar de los adjetivos, como también inconscientemente me ha permitido el alcohol en la sangre a la hora de relatarle esto. Tenga en cuenta que sin adjetivos me resultaría imposible, como igual resulta, describir el impacto de la nena en el bar, que ya agonizaba de aburrimiento. Cerró los ojos con un gesto desconcertante que venía a significar un: “poco me importa el resto”.
Los labios semiabiertos quisieron decir algo, pero callaron, y continuó bailando, sin palabras, la carita altiva, las piernas que a nadie pertenecían y las caderas que se movían como imaginando que Jagger mismo les besaba. Recordó las horas gastadas en permitir que los niños (mientras ella también lo era) observaran su ropa interior desde debajo de las escaleras, finigiéndose despreocupada. Recordó la turbación que sintió cuando, por la calle, obtuvo su primer frasecilla de amor. Se recordó a sí misma lamiendo los dedos del sacerdote una tarde, al comulgar. Cuerpo de Cristo. Dios te salve Juanita. La dicha a los presentes nos duró tan poco como duran las buenas canciones; por lo menos la dicha de verle bailar: el vestido negro, el carmín y el rimel y las manos convulsas; los músculos tensos, casi alertas. Ignacio (el barman) le grita desde su lugar: “Nena, ¿una cerveza? La casa invita.” Ella responde frente a la mesa, ante la cual de nuevo se sienta: “No. Quiero la cabeza de Juan Bautista”. Última vez actualizado el : 07-05-2006 20:44
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