| Autor: Laura Juliana Muñoz Toro, el 10-02-2006 00:00 |
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… y vivieron felices para siempre. Fin. -No, no Juanita. No puedes comenzar un cuento por el final. -¿Por qué no?- le respondí a mi maestra. Lo supuse, el silencio descubre su ignorancia.
Siempre pensé que las cosas debían comenzar por el final: felices para siempre y de ahí en adelante todo estaría bien, o al menos eso parecía hace unos años.
Me casé con el hombre que mejor describía a las fantasías de las féminas. Fantasías que las acompañaban desde sus días en que los cuentos de hadas llegaron a su infancia. Prefiero no describir al susodicho príncipe azul, ya que cada una se imagina a su propio príncipe según le plazca. La boda se festejó como ninguna otra; las campanas de la catedral me recordaban al viejo jorobado que no había encontrado otra alma solitaria entre el ding y el dong; a la carroza la perseguían varias cuerdas brillantes que parecían dejar destellos a su paso; el salón de baile estaba inundado con el calor del contacto, la música y los trajes pomposos de aquellos que querían alardear; y el festín tenía todo tipo de manjares, incluyendo unas perdices que mandaron traer de la finca de mi esposo. Después de eso, quedamos él y yo solos. Casi la mirada era tan fuerte que podíamos desnudarnos en aquel instante; sin embargo, todo empezó a cambiar. Sus ojos palidecían con el ritmo de los relojes de cuerda de la habitación del hotel, y eso me preocupaba porque mi abuela decía que la mirada era como la ventana del alma. Sus labios cuyo roce se comparaba al del pétalo único del cartucho, se quebrajaron al tiempo que se abrían para dejar asomar unos dientes cuadrados, separados y de tono carmelita; sus extremidades se desfiguraron como si una terrible artritis le aquejara en ese instante; y su voz emitía un sonido grave que retumbaba al ritmo de mi corazón. El príncipe se estaba transformando en algo más que un demonio. Ojalá se hubiera convertido en un sapo, como el del cuento del beso de la princesa que transforma anfibios, cuyas entrañas podría haber esparcido por el baldosín de mármol. Lo peor de la escena es que el maldito no me quería comer. Bueno, no literalmente. Me asechaba, en cambio, con sus brazos abiertos, ávidos de cariño. El asco se reflejaba en mi rostro confundiendo al enamorado. –no te me acerques… dame el divorcio- resolví decirle por fin. De nuevo, el silencio respondió por él. Eso no importó, sin tomar mis pertenencias, me largué. Durante muchos días me pregunté por qué pasó aquel incidente. Él era un hombre perfecto, incluso juraría que los pájaros cantaban cuando estábamos juntos. Finalmente, dejé en paz a mis pensamientos y seguí viviendo con la convicción que el amor es ciego y que el matrimonio cura todo tipo de enfermedades.
Última vez actualizado el : 13-08-2006 12:13
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