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Historia del Arte (Cuento Corto) Imprimir _CMN_EMAIL
Autor: Jhon Navia, el 16-02-2006 00:00
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La mezcla de moléculas frías y calientes del aire acondicionado le produjo a Santiago un conato de tos. No aceleró porque uno de los subgerentes de la compañía le había dicho que a las máquinas nuevas se les debía llevar despacio. En su mente dibujaba la ruta más eficiente para contactar todas las librerías posibles. Estaba la Queen Elizabeth en la Sky Road pero no se especializaba en arte, la Roman Library estaría atestada de compradores de discos compactos y además el estacionamiento era muy pequeño.

La situación no sería tan crítica si los viajes al ministerio de desarrollo, las juntas de accionistas y sobre todo el distanciamiento de Sofía no se hubieran juntado impidiéndole tener el tiempo suficiente para comprar el regalo de Verónica. Los dos años anteriores ni siquiera se había acordado de la fecha por lo cual se vio obligado a aceptar las propuestas baladíes de Sofía: salidas a discotecas y comidas sociales en el club.

Ajustó el control del compacto en Nocturnos de Chopin y diluyó su mente en el haz de luces rojas que doblaban hacia la derecha en el cruce de la Costanera. Tosió levemente.

-¿Historia del Arte de Penwick? Sí, conozco la edición de la editorial EV, ilustrada digitalmente- dijo el asesor de la librería mientras digitaba en la terminal. Santiago se tranquilizó pero al dirigirse a los stands se dieron cuenta que las ventas anteriores no se habían registrado correctamente y por lo tanto el libro estaba realmente agotado. Se contentó con llevar unos ejemplares de Política hoy y Architecture and Design.

-Las llaves del carro, señor.

Santiago se devolvió casi trotando. Pensaba llamar a las otras librerías desde el auto, así fuera corriendo el riesgo de ser multado por un policía vial. Después de arrimar a una pequeña librería sobre la Costanera y no encontrar el ejemplar aceptó, a manera de derrota, ir a la biblioteca pública del Estado, pedirlo prestado y fotocopiarlo. Y es que no podía ser otro el libro ni otro el regalo pues se había imaginado contándole a su hija cómo logró ser uno de los arquitectos de mayor reconocimiento, cómo ganó la bienal de arquitectura con el diseño del subway y cómo se administraba un buffet de diseñadores jóvenes, mayores que ella si acaso seis años. Verónica debía tomar el mismo camino, ¿para qué habría de enfrentarse a la incertidumbre de comenzar desde cero si la empresa era un legado familiar fundado por el abuelo que ahora estaba retirado, de vuelta en Alemania?.

Como la biblioteca estatal estaba a punto de cerrar, tuvo que convencer a un guarda para que lo dejara entrar. En la fila, llena de estudiantes de colegios públicos que gesticulaban exageradamente y hacían bromas detestables, llamó a Sofía. La cosa empeoraba porque ella pensaba llegar tarde, a causa de una reunión de trabajo. Se le sentía un tono evasivo, casi cobrándole sus ausencias anteriores, endilgándole la responsabilidad de arreglar lo del regalo. Cuando iba a llegar a la ventanilla de atención se coló un grupo de niñitas alborotadas. -En esos colegios públicos la exigencia es muy baja y no enseñan normas de comportamiento adecuadas-. Comparó a su Verónica con la niñita más altita, la que mascaba chicle y apretaba un cuaderno entre sus pechos. En lo físico podían no ser muy diferentes, con ese aire juvenil y esa alegría en los gestos, pero no, no había comparación, -esa irreverencia de la muchachita, esa forma de gesticular despectivamente-.

Las muchachitas debieron detectar el desencuentro de Santiago porque lo acorralaron rodeándolo y acercándosele más allá de lo socialmente permitido. Santiago acomodaba el nudo de la corbata. La muchachita pidió precisamente Historia del Arte de Penwick. No podía ser peor, no había más ejemplares. Allá estaban ellas, inexpugnables, desafiantes, sentadas alegremente en la última mesa, con los cordones sueltos, acariciando las hojas esmaltadas de los cuadros de Dalí, de los diseños de Paul Klee, tal vez sin entender mucho de algo que no pertenecía a su condición. O le pedía el libro prestado a la niñita para fotocopiarlo, y rápido. O regresaba al apartamento con un regalo intrascendente y costoso.

Ella no le dio mucha importancia, sin mirarlo a la cara le dijo que lo cogiera mientras se mordía los labios haciendo entender a las otras muchachas que por el pasillo venía un chico simpático. Santiago fue a la fotocopiadora ubicada en hemeroteca pero la encontró fuera de servicio. -Las cosas del Estado-, pensó. Y de nuevo estaba frente a una situación sin salida. O le pedía a la niñita el inconcebible favor de acompañarlo a la fotocopiadora más cercana, o regresaba frustrado. Cuando regresó encontró al chico sentado con ellas -entre ellas- y tuvo pavor de que los cortejos fueran tan rápidos también para su hija Verónica. Nuevamente pensó en la diferencia de educación evocando su pequeña princesa cuando cumplió quince años: -sus amiguitos eran tan decentes-.

La muchachita tampoco le dio importancia al asunto. Se paró, reventó una bomba de chicle, se soltó el cabello, se agachó para amarrar sus zapatos colegiales, subió las medias casi hasta las rodillas y le dijo que sí, con tal que fuera rápido. En el carro, Santiago encendió el aire acondicionado y el radio en una emisora juvenil, para no parecerle viejo.

-Mi nombre es Magda, Magda Caterine Vieira, ¿y el tuyo?- ¿El tuyo? Me tutea, como si fuéramos semejantes. - Estoy en grado once y tú ¿qué haces?.

Santiago respondía con monosílabos pero Magda no se arredraba. Mientras esperaban que la fotocopista fuera pasando las páginas a través de la máquina de luces violetas, Santiago le preguntaba que si quería tomar algo. Le sugirió una malteada y un pie de manzana. Después de todo ella se había portado amablemente y él lograría llevar el regalo. Cuando le entregaron el libro anillado Magda lo abrió y dijo que no le gustaba la calidad de las copias porque los cuadros perdían intensidad. Enseguida señaló -con un aire de propiedad que la hacía ver más madura- que le encantaba.

-Esto no es una pipa de Magritte.

Santiago tomó el libro y dijo que prefería a los expresionistas.

-Son muy depresivos, muy alemanes, secos, - dijo Magda. -A mí me gusta la vitalidad.

-¿Te gusta el arte?- dijo Santiago.

-Más que el arte, la arquitectura, quiero rehacer esta ciudad, aquí todo lo hacen mal, ¿has visto esas horribles estaciones del subway?, parece que le hubieran dado la licitación a un médico.

Santiago dejó de verla como una niña en falda escocesa y la vio como una mujer, casi como a Sofía, criticándolo por todo. Es más, halló cierto parecido entre ellas en esa fortaleza al emitir opiniones: de pie, mirando a los ojos e imponiendo toda la dimensión de su cuerpo a una distancia tal que el otro no pudiera ver otra cosa.

-¿Para qué son las copias?

-Un regalo para mi hija- respondió Santiago atonalmente.

-No me diga, doctor Santiago Bohmer (usó el apellido como refuerzo). Olvidó comprar el regalo de su hija y hasta ahora se viene a desembarazar de la cuestión, uhm... estos padres de hoy.

Santiago deseó profundamente estar arrellanado en el cojín de su auto nuevo. Deshizo la situación lo más rápido posible y de regreso le dio las gracias cuidándose de no ofrecerse para llevarla a casa. Además, presentía que ella tampoco lo pediría.

Cuando se bajó, al frente de un puente peatonal que la conducía a una estación del subway, dejó la puerta completamente abierta y no se despidió.

-Si no fuera por esas estaciones tan feas no tendrías como llegar a casa-, se dijo a si mismo Santiago. Esta vez no pensó en la máquina de su último modelo sino que aceleró al límite tomando la Royal Garden.

En el apartamento las luces pálidas del cuarto de Verónica le hicieron creer que estaría hablando con la mamá. Hizo que el aire le llegara hasta el fondo de los pulmones, se aflojó la corbata, tratando de ser tan liviano como para salir volando por la ventana que daba hacia las Torres del Parque y se dirigió al cuarto de Verónica entonando una canción de cumpleaños en alemán. La encontró dormida, con el rostro perdido entre los cojines y el cabello serpenteando por la sábana, en una posición íntima, con la cobija en la mitad de los muslos; no se había retirado la falda escocesa del colegio. Vendría a ser de una contextura física similar a Magda. Se sentía culpable. Puso el libro anillado en la mesita de noche y la cobijó. Se quedó ahí, haciendo zapping con el control del televisor, la mente en blanco.

Sofía llegó a la una de la madrugada, saludó escuetamente y sacó un pasaje aéreo con destino al Mediterráneo. Sin preguntar nada lo hizo firmar la tarjetita de cumpleaños, puso todo en la mesita de noche de Verónica y se fue a dormir. Santiago le pidió que hablaran pero Sofía le repitió que estaba muy cansada de trabajar. En la cama Santiago sentía un vaho a licor expandiéndose por toda la habitación. Siempre está muy ocupada, muy ocupada, se repetía sin poder dormir.

El día que Verónica tomó el viaje, Sofía le empacó un bronceador, varios trajes de baño, toallas y pantaloncitos cortos. Santiago le preguntó que si no quería llevar el libro por si de pronto se aburría en la playa. -¿Aburrirme en una playa del Mediterráneo, en pleno verano?-, dijo Verónica. Sofía replicó cogiendo el librito con dos dedos: -No seas pesado Santiago, la niña tiene derecho a descansar-.

Se despidieron de él haciéndole entender que no hacía falta que las acompañara al aeropuerto. Quedó suspendido en un coro de ecos, pasando una a una las hojas anilladas. A lo mejor no le habría gustado el libro porque no era original, de alguna forma la influencia desastrosa de su madre la había hecho incapaz de entender un mensaje simbólico. Se entretuvo leyendo la biografía de Malevich y cuando iba a llegar a la parte final divisó un curioso letrero.

Magda Caterine Vieira
Soy alegre y descomplicada. 5554719

Se encolerizó. Hasta dónde llegaba la mala educación de los colegios del Estado, incapaces de formar en lo mínimo el respeto por la cultura. Sí, está bien, Verónica no era la hija perfecta, cometía errores, algunas veces llegaba ebria de una fiesta, hablando de los amigos, de las travesuras en el carro -lo cual se explicaba en la dispersión de su madre-. Pero jamás de los jamases sería capaz de rayar un libro. Sintió ganas de llamar a los padres de la muchachita, pero daba por hecho que el número telefónico era erróneo. A pesar de todo Magda se había mostrado inteligente y no cometería semejante ingenuidad. Casi por descarte marcó. Cinco. Cinco. Cinco. Cuatro. Siete. Uno. Nueve.

La voz del otro lado de la línea era inconfundible. Entonces no era tan inteligente. Reconfortado pero inseguro soltó lo primero que se le vino a la mente: el reclamo por semejante sacrilegio. Magda, sonriendo y tratándolo nuevamente de tú, le explicó que no lo creía tan chato como para pensar que ella sería capaz de hacer esa tontería. Le explicó, en tono irónico, insinuante, que sus propias compañeras le jugaban esas bromas porque la acusaban de ser la más bonita. Algunas veces ponían letreros realmente provocativos, que hablaban del tamaño de sus partes íntimas.

-Imagínate, Santiago, dicen que soy la más extrovertida que soy capaz de servir de carnada para conseguir novios para mis amigas. ¿No lo soy?-.

Otra vez estaba inerme frente a una adolescente.

-Para serle sincera, le voy a confesar algo que me tiene en pecado, se lo voy a confesar, ¿se acuerda de los ejemplares de Architecture and Design que tenía esa noche en el carro?

-Sí, sí, los he buscado como loco.

-Mira Santiago, me vas a disculpar pero los tomé sin pedírtelos prestados. Esperaba devolvértelos algún día, quizá cuando fuera una arquitecta famosa, bueno leí un artículo donde decía que tú eras uno de los mejores diseñadores de metros subterráneos del mundo, ¿es eso cierto? ¿En realidad eres tan bueno?.

El comentario bastó para diluir el disgusto y el nerviosismo de Santiago. Había olvidado la última vez que Sofía le había hecho un reconocimiento. Debió ocurrir en los días en que le prestó dinero para comprar un auto nuevo.

-Pero usted dijo que las estaciones del sub parecían diseñadas por un médico- contrapunteó Santiago, por fin restablecido en su lugar jerárquico.

-¿Sabe? la de Plaza de Armas es realmente hermosa, con esos diseños abstractos de Caviery en las paredes.

-Supongo que no conoces la nueva ruta que estamos construyendo en Álamos. Va a tener unas esculturas de Rivera y un jardín en la entrada- dijo Santiago, sin querer asumir la esperada curiosidad de Magda.

-Hasta no ver no creer.- Susurro Magda. -Mira, Santiago, no prometo devolverte las revistas, lo que sí te digo es que me gustaría ver los números de marzo, abril y mayo.

Quedaron de verse en un minimarket a las orillas del malecón. Santiago fue en ropa informal, diciéndose que era una casualidad debido a un encuentro deportivo de sus empleados de Building World en el que volvió a jugar tenis para recuperar la línea. Precisamente había estado preocupado por el abultamiento de la camisa. Magda pidió cervezas negras antes de que él ofreciera. Hablaron de arquitectura contemporánea, Magda le decía que ella utilizaría aluminio y sembraría girasoles, muchos girasoles en la nueva estación del subway. Santiago pensaba en Sofía, en la distancia que iba creciendo entre ellos, en la frecuencia con que llegaba oliendo a licor y evadiendo el inevitable tema del fracaso matrimonial.

Pensaba en Verónica siguiendo los pasos de su madre, cambiando de noviecito cada nada, quedándose en la casa de ellos, negándose a entrar a la universidad, según ella porque estaba muy joven y no tenía necesidad de quemarse las pestañas por nada.

Magda acariciaba ansiosamente las revistas, abría los redondísimos ojos como soñando que estaba sobre el Golden Gate o la Torre Eiffel. En algún momento en que Santiago la miraba mirar, le dijo que había sido admitida para la carrera de arquitectura en la Universidad Politécnica pero a lo mejor no podría costearse los estudios. Santiago sintió una extraña sensación que le nacía en el abdomen al imaginarse que podría ser su protector, su mecenas que le daría una pequeña cantidad de dinero a cambio de que ella le mostrara, permanentemente, las notas y le pidiera opiniones, como no lo hace su hija.

De regreso se detuvieron en otro minimarket y pidieron más cervezas. Esta vez Santiago no fue capaz de insistir en pedir café. No hablaron de arquitectura, sino de los pretendientes de Magda, niños inmaduros, poco inteligentes que no sabían cómo tratar -Santiago la oía decirlo con tanta propiedad- a una mujer como ella, que ya conocía muchas cosas.

Al tomar por la Costanera abrieron las ventanillas. El viento del mar traía aromas de algas, enmarañaba el cabello de Magda haciendo sentir la vibración de las prendas sobre la piel. Un atascamiento los detuvo frente al motel Capri recientemente inaugurado.

-¿También lo diseñaste tú? Apuesto a que tiene un hermoso jardín de girasoles- decía Magda moviendo los labios mientras los juntaba y estiraba en dirección a la fachada.

Santiago no supo qué responder. Ahuecando la voz para que no se le entrecortara le dijo, acosado por el indiscreto tren de su corazón.

-¿Quieres que te lleve a alguna parte?- Fue una salida en falso porque la puso a tomar la iniciativa.

-Tengo un piercing en el ombligo, ¿quiere verlo?- dijo Magda para no responder directamente. Estiraba las piernas permitiendo que la suave falda se deslizara mientras las abría y las cerraba.

Santiago pensaba en la forma como se desfloraban los girasoles. En el hombro de Magda estaba tatuado el nombre de un Santiago que no era él pero era él. Se imaginaba en el cuarto de ese motel sacándole las tiritas del vestido, chupando en ese hombro bronceado su nombre de otro. Se sentía un poco mal, un poco roto al pensar en los días que pasaba su hija Verónica, deprimida, viendo televisión, preguntándose por qué estaba tan sola, por qué su madre llegaba oliendo a licor y por qué su padre no llegaba a la hora prometida. Magda, acariciando el piercing, redondeando su ombligo, le decía:

-Se va a enojar su esposa, la señora Sofía.

 

(Este cuento está incluído en el libro de cuentos cortos del escritor caleño Jhon Navia, El aprendiz de burgués. Disponible en nuestra librería)

Última vez actualizado el : 16-02-2006 00:00

Publicado el : Crónica, periodismo y literatura, Cuentos cortos
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