| Autor: Laura Juliana Muñoz Toro, el 20-02-2006 00:00 |
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Ella entró con pasos sigilosos, por ello culpables. Cerró con cuidado la puerta que chirrió por culpa del óxido marrón que avejentaba los soportes.
-No importa. Debe estar en durmiendo profundamente. Se equivocó. Yo la esperaba desde que cayó el sol, nuestro sol de aquellas tardes veraniegas en las que nuestras manos entrelazadas sudaban incómodamente.
La esperaba con las ansias de un hombre enamorado, con las ansias del sexo, de su aroma, de su salado sudor, de su tacto seco rozando mi piel. Empezó a desnudarse frente a mi sueño falso. Primero fue el saco recatado de lana que se abrió para darle libertad a eso que Dios les da a las niñas que no nos da a nosotros. Eran pequeñísimos regalos, pero no por ello menos deseados. El cierre de su falda se deslizó con dificultad, bajando por aquella curvatura firme; sin medias, la gravedad hizo caer la prenda inferior, dejando al descubierto sus muslos; y sus prendas íntimas también fueron separadas suavemente de su cuerpo. Una gota de sudor y otra más se vertieron por la línea profunda de su espalda. Sus ojos se habían cerrado hacía dos minutos y, desde ese momento, su respiración se hizo más fuerte y rápida. Su mano portadora de la sortija, cuyo grabado la hacía mía, se deslizó tímidamente hacía la rosa, la divinidad, el cáliz, el grial. Alcé un poco más los parpados sintiendo como mis sentidos se agudizaban frente a la presencia del enemigo. El olor a Vodka, la neblina rosa, su piel hidratada de aquella fantasía, su pelo pintado de las huellas de otros labios y la estupidez de remembrar a mi lado su secreto. No sé si fue rabia, angustia o, incluso, excitación lo que sentí en ese momento, pero ignoré aquel cuadro burlesco y me arrojé hacia ella para convertirme inmediatamente en mi más despreciado rival. Última vez actualizado el : 13-08-2006 12:13
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