| Autor: Laura Juliana Muñoz Toro, el 06-03-2006 00:00 |
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“No quisiera pertenecer a un club que me acepte como miembro” Woody Allen en Annie Hall
La canción suena una y otra vez. El ritmo palpita como si viviera dentro de sus ojos cerrados y dentro su sonrisa a penas pronunciada por la ilusión que le causa aquella canción. “Es increíble pero cierto tu amor, es increíble pero cierto tu amor”. No más. Verónica decide apagar el equipo y enterrar sus fantasías, al menos ese día.
Un tiempo atrás, ella decidió que los sueños eran los únicos que iban a irrumpir en su intimidad, entrar en lo más profundo de su ser y luego volver a salir para dejarle adentro una sensación tan real que la mantendría viva mientras el mundo le insistía que la realidad no se parecía a nada de lo que ella quería. Pero este sistema, que iba en contra de la opacidad de una tarde y la insignificancia de una charla cotidiana, se alimentaba de los sueños rotos de otros, que amaban a Verónica precisamente por ser real. -Tú me quieres dar un beso, ¿cierto?- El pretendiente silenció intentando descubrir si la pregunta de Verónica reflejaba sus deseos o sus temores. -Eres demasiado sincera- -No lo soy. No soy demasiado nada- Cuando la música se detuvo, Verónica recordó cuando su corazón también lo hizo: era joven y jugaba a enamorarse. El amor era sorber tragos de Ginebra al lado de un amante sin rostro, cuyo contacto incineraba la dermis. Luego, su tacto dejó de sentir, sus labios dejaron de probar, sus manos dejaron de rozar la tibieza de un cuerpo que se amparaba entre sus piernas con un aire casi incestuoso. Es que se había embriagado con el recuerdo de dos polvos que no dejaron huellas, que desaparecieron como ella solía hacerlo. Pero la tusa no iba a durar lo que ella planeó en aquél juego, lo iba a hacer hasta que sus ojos aprendieran a cerrarse sin evocar el fracaso. Él la miraba en busca de una respuesta coherente, pero ella seguía evitando una conversación que ya había tenido que soportar anteriores veces. -Un ósculo es demasiado pedir. El amor es demasiado pedir- pensaba Verónica mientras sus palabras trazaban círculos para evitar provocar el mismo efecto de siempre: la desilusión del confundido mancebo. Luego, se recostó sobre las yertas sábanas descoloridas que habían perdido su aroma de pasión por estar arropando cada noche a un cadáver que añoraba siempre lo mismo. El opio salió de su nariz empolvada de un maquillaje barato. La fumarada se sostuvo un rato encima de ella y luego se desvaneció. Pensaba en lo mucho que anhelaba que sus recuerdos se evaporaran tan fácilmente como el humo, que la culpabilidad la abandonara como ese efecto narcótico y que alguno de sus sueños se hiciera realidad como el fuerte dolor que la adicción le producía. -No me creas un tonto. Si no te gusto por qué no me lo dices y ya- Que va. Verónica decía muchas cosas, pero casi nunca hablaba acerca de lo que realmente sentía, de la tusa, de los polvos que se fueron para no regresar y de lo complicado que era expresar lo que su corazón sentía. -No, mejor dicho sí…es decir, ya lo sabes-. Él no lo sabía. Verónica era una buena mujer, cuyo único pecado era aceptar que le producía placer saber que sus labios aún podían encender exaltaciones incurables, que sus manos aún podían recorrer suavemente el tacto de un cuerpo que entre más tembloroso más le excitaba, que su poder para hacerse amar no había desaparecido como la fuerza para hacerlo ella misma. Al final de la media noche, el suministro de droga se agotó. Verónica había decidido morir entre sus divagaciones, entre aquellos espejismos que habían sido la excusa ferpecta para no reconocer lo mucho que había amado y que tanto trabajo le había costado disimular. Última vez actualizado el : 13-08-2006 12:12
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