| Autor: Luz Andrea Lancheros, el 15-03-2006 00:00 |
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1. Occidente. El pequeño paraíso "Choose life. Choose a job. Choose a career. Choose a family. Choose your future. Choose life... But why would I want to do a thing like that?" Trainspotting Estoy en mi casa. Y mi casa es como las demás. Mi casa es una mas del pueblo de Eduardo Manos de Tijera. Todo pastel, como las demás. Con grietas y con garajes y autos promedio al frente, como las demás. Las calles son pasillos de oficina y cada casa es un cubículo. Es una conspiración geométrica desesperante y monótona. Este es el nuevo paraíso de la clase media bogotana: Modelia y Ciudad Salitre. Barrios de parques y perros, de perros, parques y niños snob imitadores de Daddy Yankee o en su defecto, Puff Daddy, jugando basketball.
Barrios de amas de casa vendedoras de Avon o Ebel con delantalcitos de plástico y miseria existencial. Preadolescentes queriendo ser grandes con un cigarrillo. Grandes supermercados donde cada uno consume (desmedidamente) lo que puede. Frustración envuelta en cereales dietéticas, gaseosas dietéticas y bicicletas fatigosamente estáticas. Todos se mueven igual, pero diferente. Algunos lavan el carro el domingo en la mañana y otros juegan microfutbol en las canchas. Muchos van a su templo. O al más grande de este bloque de viviendas tipo URSS: El centro comercial del conejito apestoso, lo llamo yo. El centro comercial donde haces las mismas malditas cosas de siempre pero todo en un solo lugar: Comprar, mostrar, comer y vagar. Babear ante una vitrina por unas zapatillas de tacón que todo el mundo tiene o por la nueva versión del Maestro Yoda que acaba de llegar al chuzo de juguetes. Llorar de envidia por el reto que nunca alcanzaras, esa joya o ese carro que jamás compraras hipotecando tu sucia casa. Comerte un caro y viscoso helado que rebajaras en el gimnasio (o que tal vez nunca rebajarás cuando te postres frente a tu adorado cable), y nunca terminar de deslumbrarte en “Maluka”, una versión subliminal de Odisea 2001. Ir a aprender cosas que no sabes para poder obtener un jardín con perros y niños crueles. Hablar trivialidades. Coger el bus y volver a casa. Y entrar de nuevo a tu bloque soviético, y echarte una sobredosis de control remoto durante 2 horas. O tal vez de alcohol, estupidamente, en un parque, con tus estupidos amigos. O de drogas. Lo que sea, da igual, puedes comprarlo. Tu padre (o tal vez el mío) ya deba estar dormido, luego de estar idiotizándose en un cubículo eterno y tu madre (tal vez la mía), ha desaparecido para siempre o solo para tomar quien sabe que con alguna de sus “amigas”, ya harta de ti y de los demás tanto como tu lo estas de ella y de lo que sabes que pasa. Tal vez este hablando con la depresión sobre su hermoso lecho tendido de reina- sirvienta, como siempre lo hace, patéticamente.Tu hermano dándole su último sentido de la realidad al X- box. La comida está fría en la estufa. No hay besos ni abrazos, solo despedidas sordas. Y te duermes para comenzar otro bello día en Occidente, te duermes para no llorar. Piensas que de pronto, esas zapatillas de tacón te lucirán bien. Estoy (o estás) en mi casa (la tuya). Y esa casa es como las demás. Toda pastel, como las demás. Mi casa (la tuya), es una mas del pueblo de Eduardo Manos de Tijera, como me (nos) llaman aquí. Historia de cuatro ciudades segunda parte Última vez actualizado el : 15-03-2006 00:00
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