| Autor: Luz Andrea Lancheros, el 19-04-2006 00:00 |
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Los Ángeles, California, 1968 Era una de las tantas noches de esa extensa gira que había terminado hacia 3 días, de nuevo en Los Ángeles. Después de una juerga apoteósica, como lo habían sido tantas en sus cortos 25 años de existencia, y un poco alterado por el alcohol, cosa también frecuente, James Douglas Morrison, conocido por el mundo como Jim Morrison, el salvaje cantante de la banda The Doors, (no en vano sus bailes, su figura de sex symbols y sus conciertos, donde la droga corrían como el agua habían hecho que la prensa le diese ese apodo), posiblemente la mejor de Estados Unidos en aquella época, hastiado de todo, en un cuarto de hotel extraño, miró a su pelirroja y ya no tan inocente novia Pamela, dormida, se sentó en el tocador y se puso a hacer otra cosa de “rutina”. Se puso a escribir poemas, reflejos de una época tan frenética como el mismo. Una cura sobre el cancer que eran sus contradicciones.
Catarsis de su dolor y de su cercanía de la muerte, que no solo estaba cerca cuando esnifaba cocaína, por ejemplo, sino que, se dio cuenta, también lo estaba lejos. Le encantaba ver noticias. Por ese entonces, las noticias no eran alentadoras. Algunas, no tanto. Recordaba, por medio de rumores, como el movimiento de las Panteras Negras había invitado al más grande guitarrista que existía entonces, a Jimmy Hendrix, a unirse a su movimiento. Veía con cierta alegría como manifestaban, miles de jóvenes, contra todo lo que el odiaba, contra el Estado, su represión, la negación a la que estaban sometidos, las mentiras que les habían dicho sus paranoicos y megalómanos padres (el suyo fue capitán en la Segunda Guerra). Jóvenes pensando como el, actuando como el, siguiéndolo a el. ¿ No era el acaso quien los convocaba en cada ciudad a la que llegaba? ¿NO se deleitaba la prensa-cada vez mas doble- con las actuaciones que él hacia? ¿No se divertía el recién montado negocio del rock and roll con sus líos de faldas y otras tonterías que ya aceptaban por naturales en el ahora magnate Mick Jagger? Sin embargo, esto no lo ilusionó. De todos modos, sabia que por mas que aquellos tipos de San Francisco vivieran en remolques, tiraran y tomaran drogas (cosa que el hacía como si nada ), pusieran florecitas en escopetas, visitaran gurús y se cagaran frente a Nixon, nada de eso cambiaría. Vietnam, por ejemplo. Nixon y muchos presidentes mas la seguirían jodiendo. Seguirían linchando negros. Los comunistas pondrían un dedo en el “botón” y le volarían a todos el culo. Guerra interminable. Muerte. Pensando en todos aquellos amigos de su universidad que creían que lucharían por una casa en los suburbios para ir a ver The Monsters con sus hermosas esposas, pero que morían a cantaros sin saber porque, escribió: El Soldado Desconocido. (The Unknown soldier) Así comenzaría su poema. El soldado desconocido. Cualquier psicópata, cualquier idiota de la guerra. Cualquiera que le gustaba dar duchas con Napalm o violar niños vietnamitas. Cualquiera que hubiese sido atravesado por una mina o una lanza tontamente y hubiese terminado como una estadística. Espera hasta que la guerra haya terminado, y los dos seamos un poco mas viejos. La guerra nunca terminaría. Matarían vietnamitas hasta el final sin saber quien era el verdadero enemigo. La guerra eterna que ya tenia cansados a todos, pero de la que nadie se atrevía a deshacerse. Bombas lanzadas al vacio. Ruido ensordecedor de caras sin nombre. Armas chocando, trincheras explotando como un macabro teatro de calle que no se supo porquè se montò. Estúpida guerra. Sirviéndose otro vaso de ginebra, y bebiendo un sorbo, volvió a escribir: El soldado desconocido. Practica donde se leen las noticias, niños muertos en televisión. No nacidos, vivos, vivos, muertos. Muerto por nada, el maldito bastardo que mata niños, pensó. La realidad que mostraban sus “adoradas” noticias no era nada. Masacres que nadie quería ver. Masacres que se negaban por existir. Mitos derrumbándose en medio de sangre inocente. Pero, a quien le importaba. Solo a los tipos de las florecitas. De resto, el maldito mundo continuaría con su vida, alimentándose de noticias falsas, de medios que con dolor o sin él registran los dramas para encubrir una historia que ha muerto. –Qué teatro- se dijo. –Si no es en Hollywood, - dijo mirando las palmeras de la avenida,- no existe nunca. Ninguna película. Todo escondido. Esa maldita guerra no existe para nadie. La bala arranca la cabeza del casco. Escribió debajo. Imaginaba el caos, el caos de luchar contra la invisibilidad. Brutalidad frustrada. Rabia en medio de charcos de sangre que ya no se sabia a quien pertenecia. Cansancio. Calor. Odio en la ametralladora. Odio en la aldea hecha cenizas. Y la tragedia que alguien como su padre, jamás hubiese creído posible en tiempos de la Segunda Guerra. Y el país tampoco lo creería. Pero, ¿qué le importaba su jodido país? ¿A el (quien como muchos otros) que no le interesaba que carajos pensaba el Tío Sam de cómo conducir su vida, de cómo pensar o de cómo su padre se pudo haber matado en Normandía? ¿A el que pensaba más allá de todas esas tonterías, como por que no podría tomarse otra copa de ginebra justo ahora? Y todo ha terminado para el soldado desconocido. Todo ha terminado para el soldado desconocido. Dios es consumo. Todo es consumo y el Dios que nos impusieron nuestros antepasados no existen, pensó mientras se tomaba su décima copa de ginebra. Andy Warhol, a quien conoció en una desafortunada fiesta en Nueva York en The Factory, le decía que podía hablar con él por teléfono. Hasta Dios es un invento, y ese invento ha caído, terminado. Todo ha terminado para el soldado desconocido. Y si ¿renunciaban a esa guerra? ¿Si la borraban de la memoria? Pensó. Escribió otro verso: “!Compañía, alto!” “!Presenten armas!” Cava una tumba para el soldado desconocido, acurrucado en el hueco de tu hombro. Estupideces. El sabia bien que su historia y la de sus cercanos no se libraría de la violencia con la que nacieron. Él lo sabia mas que nadie. Sabia que de todos modos, esos soldados desconocidos se seguirían ofreciendo a morir por los mismos motivos, y matarían por los mismos motivos. Sabia que el ya no cambiaria nada. Nadie lo haría por ahora. Una historia de violencia. Una historia de muerte. La muerte no solo es mi obsesión, pensó. Es la de los otros. La de mi loco país. La de los otros. La guerra eterna de la que nadie se preocuparía nunca y de la que sabrían solo los locos que tal vez regresasen de allí. Sabía que eternamente, el hombre por si mismo, por crear tanto miedo absurdo y tanta paranoia, sobre todo en su país, siempre iría a la muerte. Fusilado. Por su propia voluntad o porque se lo dijeron. Los ideales ya no existen. En su país cayeron desde que Hitler se pegó un tiro, pensó con tristeza. -Cayeron desde que comenzamos a matarnos por ellos, supongo.- se dijo. Y así todo acabaría. El mito del odio comenzaría y él estaría ahí para cantarlo. Para cantarle a la muerte que los medios tan poco habían relatado de tan brutal manera. Para cantarle a ese humano soldado desconocido: El soldado desconocido. Practica donde se leen las noticias, niños muertos en televisión. La bala arranca la cabeza del casco. Todo ha terminado. La guerra ha terminado. Terminado... Terminado. El sabia que su época estaba pasando. Y que el también pasaría algún día. Tal vez mañana. Tenia que vivir para no contarlo. Tenia que seguir preocupado, cantando, tomando, como se esperaba de un bufón en ese circo del que ahora hacia parte, de toda esa farsa de la contracultura que ahora hedía mas que el mismo Hollywood. No esperaba vivir, como lo decía el ingles Roger Daltrey de The Who. No esperaba vivir, como todos los de su generación, en un mundo que se podría cada vez mas de acciones impías de soldados desconocidos que morían por nada. El también era un soldado desconocido. Tan conocido que ya no se conocía. La guerra había terminado por hoy. Tendría que terminar algún día. La guerra invisible que luchaba contra si mismo y que sabia que no ganaria. Pero que diablos, se dijo, también de rutina. Mañana seria otro día. Iría con Pamela a su boutique. Ensayaría con los chicos esa nueva canción para lo que podría ser su nuevo álbum. Bebería un poco, fumaría un poco, escribiría un poco y todo estaría bien. Todo estaría bien... Epilogo. Jim Morrison incluyó esta canción en su álbum con The Doors llamado “Waiting for the sun” de ese mismo año. En el video de esta, aparece fusilado y su sangre cae sobre claveles. Al igual que otras leyendas de rock de su época , (como Jimmy Hendrix, con quien hizo a finales de ese año tambien una jam session totalmente borracho), y gracias a su frenético estilo de vida, Morrison murió a los 27 años en su apartamento de Paris. Su novia lo siguió 3 años después por culpa de una sobredosis. Otra canción, una de las mas polémicas del grupo, titulada “The End”, fue incluida en la magistral película sobre Vietnam de un joven amigo de Morrison, Francis Ford Coppola, titulada “Apocalypse Now”. La guerra de Vietnam terminó, dolorosamente, en 1975. La época hippie ya había pasado y sus ideales se habían evaporado, tal y como Morrison lo presentía. Hoy el relato americano sigue alimentado por las absurdas fantasías del terrorismo, y de la época hippie no quedan mas sino recuerdos, como Woodstock. Jim Morrison se convirtió en una leyenda del rock y su tumba, en el cementerio Père Lachaise, es una de las atracciones turísticas mas visitadas de París. Última vez actualizado el : 19-04-2006 00:00
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