| Autor: Marianne Ponsford, el 19-01-2006 00:00 |
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En Colombia se utiliza la palabra periodista para hablar indistintamente de reporteros, analistas políticos y económicos, editores, cronistas literarios, columnistas y directores de medios. Y de ello se concluye algo muy grave: que en un país completamente fracturado por todos los costados (en clases sociales, en regiones, y en su dramática dicotomía campo/ciudad), hay una tremenda confusión por parte de los consumidores de información acerca del funcionamiento del más poderoso-y tal vez el único- factor de cohesión social que tenemos: los medios de comunicación.
Y peor todavía, en el mundo periodístico, existe una escala social completamente trastocada: los reporteros son los cabos rasos. Los editores los mayores. Los columnistas, coroneles, y los directores de medios, generales de cuatro soles. Y por si fuera poco-sálvese quien pueda-, resulta que los gerentes de los medios se han convertido en el Ministro de Defensa. Leo lo anterior y creo que me equivoco en una cosa: en este juego de equivalencias, algunos columnistas nos pareceríamos, en mi opinión, más que a coroneles, a los paramilitares. Y digo paramilitares en el sentido estricto y denotativo de la palabra, eximido por supuesto de la carga aterradora que le vocablo tiene en nuestro país. Pero el vocablo es pertinente porque se supone que somos independientes, que no pertenecemos a la institución, que nuestras opiniones no representan la del medio, y sin embargo nos prestan su soporte; comulgamos con ellos de una manera laxa y cómoda, pero defendemos nuestro territorio de centímetros impresos como si fuera un pedazo de tierra cedido en comodato.
Y digo que la escala social está trastocada porque, respóndame usted lector,
a que buen reportero admira. Seguro que tiene que pensarlo. En cambio le pregunto
por los columnistas que lee y le apuesto que se le vienen de golpe como mínimo
cuatro nombres a la cabeza. No cabe duda: muchos de nosotros nos estamos convirtiendo
en una plaga. En fastidiosas vedettes de papel couché. Y ello, quizás muy a
pesar de nosotros mismos, va en detrimento del auténtico periodismo: de ese
que mete madrugadas bestiales para llegar a coger una avioneta que lo llevará
un aeropuerto remoto, para de ahí coger carretera destapada cuatro horas para
llegar al lugar de la noticia. De ese al que el gerente le recorta los viáticos
de la noche a la mañana para ahorrarse cuatro pesos, y que tiene que almorzar
huevos fritos para que le alcance la plata para el taxi de vuelta a su casa
a las 12 de la noche. De ese al que le clavan un especial de 50 páginas para
dentro de ocho días, dizque porque es su área, asumiendo que el contenido se
produce como por arte de magia, y de quien se espera lo haga sin chistar. Mientras
los comerciales venden la pauta del tema y aumentan felices sus sanas comisiones.
En el símil aquí planteado, en el único cargo con el que estoy de acuerdo es en el del general. Un director, obviamente, lo es. Da la cara por todas las metidas de pata, tiene que estar en todas partes, es el puente entre el ministro (que nunca ha hablado con el cabo, que no sabe ni agarrar un fusil) y su equipo de trabajo. Eso me deja un espacio final para hablar de los editores. De esos que tienen la incómoda tarea de tener que dar la cara hacia arriba y hacia abajo, y que a veces aceptan el ascenso porque no hay otra manera de obtener el reconocimiento económico y profesional que merecen, pero que no gozan su oficio porque son, de sangre, periodistas. Y un buen editor no tiene por que ser, necesariamente, un buen periodista: tiene que ser sencillamente un buen editor. Recobremos entonces el orden de las cosas. En la prensa, la estrella es para el reportero. La doble estrella es para el reportero de guerra y para el periodismo investigativo. Y a muchos de nosotros (con honrosas y magníficas excepciones), los opinadotes, los entretainers de la actualidad, que nos cuelguen la estrella de hojalata. En sus ojos de lector está la tarea de restaurar el orden del prestigio de los oficios que tienen que ver con el periodismo escrito. Porque en este juego de equivalencias, por si no lo ha deducido todavía, usted tiene el poder de elegir, hoy más que nunca, entre ser un triste desplazado o asumir el papel de presidente. Por Marianne Ponsford. Tomado de El Espectador-Colombia-sept/2005. Última vez actualizado el : 09-05-2006 10:29
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