| Autor: Eduardo Arias**, el 16-02-2006 00:00 |
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Es año de mundial. Alemania 2006 recibe a los elegidos. La fiesta de la pelota y las naciones esperan el pitazo inicial a mediados de junio. La humanidad se regocija, mujeres y hombres saben y entienden que sin rigurosidades políticas también se está haciendo la historia… Jugar al fútbol…qué épica y noble sensación. Verlo por televisión…utopía visual de un sueño inconcluso. Cuantos quisiéramos saltar a la cancha, cantar el himno y pelear la bola hasta el último segundo, lo sabemos, lo entendemos y jubilosos contamos sus glorias, porque es patrimonio de gente común.
Dos ejemplos. En el mundial de México de 1986 se enfrentaron Italia y Corea del Sur. Galderisi, delantero italiano, fue derribado dentro del área cuando tenía todas las posibilidades de anotar. El árbitro dio ley de ventaja porque otro italiano recuperó el balón. Lo perdió y Galderisi, todavía en el piso, comenzó a golpear el césped con ambos puños. Mientras se lamentaba (todo esto ocurre en muy pocos segundos) otra vez Italia recuperó el balón. Centro al segundo palo. Galderisi, desde el suelo, observó como Altobelli, bajaba el balón con el pecho en las narices del arquero. Quieto, amagó rematar de zurda, engañó al arquero y la metió con un suave toque de derecha. Golazo. Cualquier pensador semiólogo diría que este gol resume la cultura italiana: todo el drama de la ópera a cargo de Galderisi, la perfección del renacimiento en la definición de Altobelli. Ocho años antes, en el mundial de Argentina, un escocés llamado Archie Gemmill se inventó una jugada que, según los redactores de la revista El Gráfico, fue una verdadera obra de ingeniería. Jugaban Escocia y Holanda por un cupo a la ronda semifinal. Si Escocia ganaba por tres o más goles, clasificaba. Ganaba 2 a 1. Gemmill recibió el balón al borde del área holandesa. Los defensores de la Naranja Mecánica salieron en masa para dejar en off side a Kenny Dalglish quien, por lógica, debería ser habilitado por Gemmill. Pero el escocés se atrevió, en menos de un metro cuadrado, a eludir a tres defensores, entre ellos al gran Krol, del que se deshizo de un soberbio túnel. En menos de medio segundo estaba solo frente al arquero Jongloeb. Este salió para bloquear el remate lógico, o sea, un violento disparo a ras de piso. Gemmill levantó la cabeza y resolvió con un disparo suave que pasó por encima del arquero y se coló coquetamente junto al segundo palo. Al final descontó Holanda (3-2) y los escoceses pudieron regresar felices a casa, luego de un debut desastroso. Son dos ejemplos. Existen muchos más. Cien, un millón. Todos, a cual más de tentadores, dejan lista la frase de cajón en la punta de la lengua: El fútbol es un arte. Así, en mayúsculas, el lugar común en todo su esplendor. Pero el fútbol, sin ser mejor o peor que el arte, es otra cosa. Más aún si se entiende por arte todo aquello que tiene que ver con los museos, los teatros, los cócteles y las salas de conciertos. El fútbol está muy alejado del arte porque es, ante todo, un juego muy simple. Claro está, dirán, el arte también es un juego. Pero el fútbol no es cualquier juego. Es el mejor invento de la humanidad. No hace falta editar enciclopedias para entenderlo, ni organizar cócteles para promoverlo. Es imposible subastarlo o venderlo bajo forma de compact disc. Tampoco hace falta vivir en París para captar su sensibilidad. En otras palabras, no tiene que ver con tanta aburrición y tanto arribismo. El fútbol es todo lo contrario. Es espontáneo y divertido. Habrá quienes digan que el fútbol es una especie de ballet moderno, habrá quienes concluyan que es un reflejo inconsciente del comportamiento tribal, habrá quienes digan tantas cosas en su vano intento por meter al fútbol donde no cabe, donde no necesita para nada que lo metan. Cuando los profesores de historia del arte sean los encargados de hablar de Pelé, Maradona, Kempes, Beckenbauer y Cruyyf, ese día el fútbol dejará de tener sentido. Mientras sea patrimonio de la gente común y corriente que saca plata de donde no tiene para ir ala estadio cada domingo, seguirá siendo, por siempre, lo mejor que le puede pasar a la gente. Los papelitos que hacia 1978 caían de las tribunas del estadio de River cuando la selección Argentina saltaba a la cancha no tiene nada que ver con el Guernica, ni con los ritos zulús, ni con el teatro del absurdo, ni con el expresionismo. Por suerte. *Texto Publicado originalmente en Magazín Espectador 1990 **Periodista Bogotano
Última vez actualizado el : 09-05-2006 11:58
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