| Autor: Andrés Felipe Escobar, el 25-02-2006 00:00 |
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Con la desaparición del género humano no desaparecería la vida. El Dodó , el Tigre dientes de Sable y muchos más animales y vegetales se han extinguido sin que ello suceda con la vida. Lo único que ocurre es que un rostro de ella se desvanece, pero así mismo pueden emerger otros. A pesar de esto, nosotros los humanos, solemos inclinarnos por la posibilidad de un cataclismo final que cerraría con la vida porque acabaría con nosotros. Hasta hace muy poco tiempo, los animales se consideraban máquinas, lo cual no era una apreciación de un ser perverso de película norteamericana, sino de una de las mentes más brillantes de la modernidad: Descartes.
La visión de que el mundo acabará con el último suspiro de un humano la tenemos tan arraigada, que el mismo García Márquez, en su texto “El cataclismo de Damocles”, leído en Ixtapa (México) en 1986, con ocasión de un aniversario más de la bomba de Hiroshima, expresó que después de una catástrofe nuclear “el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas”. Acaso ¿Las cucarachas no son vida ? El hecho que desaparezcan los carros, los libros y los animales que nos podemos comer, no significa que la vida haya terminado, simplemente, cambió. Sin embargo, el racionamiento de García puede llevar a una conclusión inquietante : Los mamíferos serían un simple vestigio de la vida de aquella época en que los dinosaurios pisaron la tierra. El repudio a los llamados desastres ecológicos - si busca la protección de otras especies - no se puede fundamentar en una noción que consista en que el hombre necesita de los animales para sí mismo ; lo cual es equiparable a afirmar que debemos cuidar los bosques para que nuestros nietos tengan qué talar. Las concepciones que afirman que una catátrofe nuclear destruirá la vida no son más que el producto de la pedantería humana de creerse el dueño o señor de la tierra - concepto que aparece ya en el génesis judeo-cristiano -. Si hay un impase nuclear quedarán las cucarachas y la vida, por lo tanto, saldrá avante. La razón fundamental por la cual la creencia de que si el hombre se extinguiera, la vida también correría la misma suerte, se soporta en otra creencia popular: Que el hombre es el punto más alto de la naturaleza y la creación. Muy a pesar de nuestras ilusiones, la evolución carece de finalidad u objetivo. No hay escalas en la evolución, sólo cambios ciegos y por lo mismo, puede que la población con síndrome de Dawn, después de un gran cataclismo, sea la única apta para vivir y los genios o “normales” no duren mucho ; por ello , en el contexto de la ciencia, la eugenesia no resulta apropiada. Las mutaciones - la causa de los cambios y de por qué hay simios sin pelo en todo el cuerpo como nosotros - no son planeadas y por lo tanto, García cuando en su grandilocuente discurso afirma que “debieron transcurrir 380 años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos a diferencia del bisabuelo pitecántropo, fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor”, está cayendo en la ilusión de un por qué para todo lo que sucede. Los ciento ochenta millones años no transcurrieron para que la mariposa volara ni mucho menos, pasó el tiempo para que el hombre se muriera de amor, la naturaleza ha cambiado para nada. Al parecer nuestro Nobel tiene la visión de que las jirafas gozan de un cuello largo para tomar las hojas de las copas de los árboles, quedándose con la noción de evolución de Lamarck, la cual un ingles de apellido Darwin revaluó. Por otra parte ¿Quién dijo que cantamos mejor que los pájaros? García Márquez, es decir, un humano (aunque muchos lamezuelas crean que es un dios, no lo es !, ni tampoco el miserable que otros pintan) y por lo tanto es una afirmación sesgada, creo que los sonidos que emitió Caruso no debieron ser igual de hermosos para los perros o los gatos. Si fuera cierto que los humanos somos los únicos capaces de emitir sandeces, no implicaría que fuéramos mejores: nuestra capacidad de crear instrumentos e imaginar es igual que la de las bacterias para reproducirse y que la de las águilas y su visión. La peste del pollo y el hipotético caso que el virus mute para que se pueda transmitir de humano a humano, no es el indicio del fin del mundo, ni tampoco lo fue el Tsunami, ni lo sería un terremoto en los cinco continentes; a lo sumo desaparecería un primate que se ha dedicado a matarse entre sí y a inventar cosas que como la misma evolución no tienen finalidad alguna. Lo demás, el dolor por las víctimas, debe fundamentarse en una suerte de solidaridad de especie, la cual sólo se ha practicado para eliminar a demás organismos, cuando causalmente ella se logra concretar.
Este artículo fue cedido por Red Camaleon - www.redcamaleon.com Última vez actualizado el : 25-02-2006 00:00
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