| Autor: Laura Juliana Muñoz Toro, el 26-02-2006 00:00 |
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La historia de esta serie gira alrededor de las vivencias sexuales y amorosas de cuatro amigas en Nueva York. Hasta aquí todo está claro, pero ¿podríamos leer su contenido como un aparato ideológico del estado? ¿Qué mensaje nos transmite su ‘inocente’ humor?
Sex and the city incita el poder de la libertad, quiere normalizar el saber y estratificar los gustos: mujeres que se dan el lujo de vestirse con Versache, portar bolsos baguette, los guantes y sombreros newsboy: y lucir la joyería de diamante y oro de Mia y de Lizzie; tener apartamentos espaciosos y modernos para llevar a sus amantes.
En definitiva son pudientes. ¿Por qué? Porque son profesionales y trabajan. No trabajan por el alimento, trabajan por la suntuosidad. El New York de ellas no es aquél donde se escuchan sirenas, ni canciones de rap, ni la pólvora del arma de fuego, sino sollozos de lujuria y el claxon del regio carruaje del ’príncipe azul’. También son mujeres que planean, que no solo quieren una vida placentera, sino llegar a una relación sólida. No se quedarán solas, no pueden, las relaciones son una ‘ley’. Ellas aún conservan la esperanza, aún se reúnen en lujosos restaurantes y típicos cafés donde pueden hablar, como adolescentes, de sus congojas afectivas. Sex and the city, propone la búsqueda del “hombre perfecto”. Ellas abandonan a un buen prototipo tras otro por algún desperfecto que encuentran al instante. Toda la serie es un análisis de lo bueno y lo malo del comportamiento de cada quien en la pareja, a fin de llegar a un elemento clave para el buen funcionamiento del estado: el matrimonio, o al menos la procreación. El programa dedica una buena parte a la nutrición, específicamente de algún alimento tipo fast food americano. Entonces ¿por qué gozan de la delgadez y belleza a pesar de que comen en Mc Donals, toman café a diario y asisten a numerosas reuniones sociales donde abundan los pasabocas y los ponqués? Es una propaganda: “coma todo lo que quiera y, por el precio de una noche de pasión, tenga por seguro que no va a engordar”. Ellas viven de prisa, hasta podemos comparar su cotidianidad con las autopistas, en serie, de Manhattan. La ciudad es constantemente renovada, nuevas edificaciones y tecnologías; las cuatro amigas hacen lo mismo: cambian de amante rápidamente, sin deseos de que las penas anteriores afecten su presente. Ahora bien, si analizamos la cultura de masas, una toma de las calles neoyorquinas es un claro ejemplo de su existencia. La obesa muchedumbre, caminando con un paquete en la mano, sin cambios en su rutina hasta que para el semáforo con el hombrecito en rojo. Parece ser que todos forman parte de un escenario acomodado para que sobresalga el sastre de lentejuelas y canutillos que portan Carrie y Samantha cuando caminan, resplandecientes, junto (no con ellos) al resto de los sujetos alienados. ¿Podemos decir que sex and the city coloniza nuestro tiempo libre cohibiendo nuestra razón? Puede ser. La imaginación trabaja poco cuando el misterio que envuelve una relación sexual se nos es dado en bandeja de plata, es decir, la desacralización del sexo, al menos en la pantalla chica; es una transmisión cuyas técnicas de mercado son la comedia y el espectáculo que no necesitan de grandes paradojas intelectuales para que la audiencia siga el hilo. En conclusión, ¿Qué intenta vender sex and the city? Para dar una respuesta rápida mencionaré a la moda, las comodidades de una vida opulenta, el fast food y el libertinaje antes de la consolidación del amor. Esta no es otra cosa diferente a la mercantilización del las formas culturales del "American way of life" con todos sus ingredientes, llevando a cabo una propaganda global y contribuyendo a definir la imagen del desarrollo que tienden a seguir los países en vías de desarrollo".(Alvater,1992,32). Última vez actualizado el : 13-08-2006 12:13
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