| Autor: Alejandro Lopera, el 07-02-2006 00:00 |
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“¡Ah, es que tu vas para Pasonuevo! Eso queda como a una hora y media de aquí. Ven yo te llevo a donde salen los carros que van para allá”. Agradecí el noble gesto y acepté que me llevara. Además, gracias a él, tenía otra cosa en qué pensar. Ya ni recuerdo cuantas veces repetí en mi mente la misma idea: “¡Carajo!” Juan Gossaín es un punto de referencia para aquellos que recién aprenden el oficio. Mis profesores siempre decían que les gustaba más cuando escribía que cuando presenta noticias en radio. Hasta ahora, yo nunca leí sus famosas historias sobre San Bernardo del Viento, pero no puedo negarles que sentí algo de emoción cuando supe que iba a conocer su tierra natal.
Era la una de la tarde, y no había comido desde temprano. El conductor del taxi que me llevó desde Lorica me mostró cómo el río Sinú casi llegaba al mismo nivel de la carretera. Había llovido torrencialmente el día anterior. Si bien era evidente que estaban en invierno, este chachaco solo pensaba en el calor tan horrible que estaba haciendo. Gracias al aire fresco que entraba por la ventanilla, pude ocupar mi mente pensando en mis anteriores preocupaciones. Mi misión era parecida a la del soldado cubano llevando la famosa Carta a García. Solo sabía que tenía que encontrarme con una maestra en una escuela de San Bernardo del Viento. También sabía que iba tarde a la cita, y que tenía que volver tan rápido como fuese posible. Mi cronograma era muy apretado… Después de pensar en tantas tonterías, volver a quejarse del clima fue una buena idea. Llegamos a San Bernardo del Viento después de una hora de viaje. Al llegar, le pregunté al taxista si sabía donde quedaba la Escuela de Pasonuevo. Para ese entonces, pensaba que la escuela quedaba en algún barrio o en un lugar cercano. El taxista volteó a verme. Me respondió muy amablemente, pero algo me decía que yo sería su anécdota del día cuando llegara a comer a su casa. “¡Ah, es que tu vas para Pasonuevo! Eso queda como a una hora y media de aquí”, me dijo. “Ven yo te llevo a donde salen los carros que van para allá”. Agradecí el noble gesto y acepté que me llevara. El agradecimiento fue doble. Gracias a él, tenía otra cosa en qué pensar. Ya ni recuerdo cuantas veces repetí en mi mente la misma idea: “¡Carajo!” Luego me tranquilicé. Sí, iba tarde, pero ya había conocido la tierra de don Juan. Además, seguramente, ahora conocería un lugar en donde él solía ir los fines de semana. El optimismo se me fue desvaneciendo al ver que el Willis en el que me había montado no arrancaba. No había señales de su chofer. Además, una niña en la parte de atrás no dejaba de llorar porque no quería volver a su casa. Mi desesperación terminó cuando el vehículo se puso en marcha, media hora después. Por fin iba en camino a ese pueblito del Mar Caribe, muy cerca de la Punta Manzanillo, a encontrarme con la profe en su escuela. La distancia entre San Bernardo del Viento y Pasonuevo no es muy larga, pero el viaje fue muy largo. Después de dejar en el camino personas, colchones y neveras, subimos una falda llena de barro. El invierno tenía en tan mal estado la carretera que, en algunos tramos, el Willis patinaba y subía de lado. A mí me pareció divertidísimo. Era más emocionante que una montaña rusa, y el tiquete mucho más barato. Además, después de tantas cosas, ya nada podía salir mal. Y una vez más, me equivoqué. Cuando llegué a Pasonuevo, me enteré de que el Willis que me trajo era el último que entraba al pequeño pueblo. Ese mismo carro volvería a San Bernardo, pero no me esperaría mucho por el peligroso estado de la carretera. Lo único que podía hacer era buscar la escuela y preguntar por la profesora para ver si no se había marchado aún. Caminé y pregunté por las calles de barro de Pasonuevo, pero solo encontré el punto de reunión que establecí con el chofer para vernos al regresar. No quise seguir caminando, porque no sabía qué tan lejos ni en qué dirección estaba la escuela. “Bueno -me dije a mí mismo-, lo único que nos queda es disfrutar del atardecer sobre el mar y regresar a Montería.” En ese momento, ví que dos mujeres me miraban con curiosidad. Menos mal nunca tuve miedo de matar un gato. “¡Ah! Tú eres el que viene de Bogotá”, me dijo una de ellas. “¡Llegaste como tarde!” Ambas eran compañeras de trabajo de la profe que había ido a buscar. Ella y sus alumnos aún me estaban esperando, pero sus caras de sorpresa me confirmaron que no esperaban a alguien tan joven. Todos estaban apurados porque iban a llegar más tarde de lo usual a sus casas. Yo descansé, porque al fin había llegado. Me perdí del cangrejo que me habían preparado, de sus veinte kilómetros de playa y de la belleza de sus ranchos de madera construidos en fila frente al mar. Pero conocí a unas personas maravillosas. Pasonuevo es el lugar de origen del Bullerengue. Sus niños y jóvenes luchan por rescatar su tradición, cantando las tonadas tradicionales. También escriben nuevas letras que hablan sobre el amor a la familia y el respeto a los demás. El canto y el baile pusieron mi mente en blanco y mi corazón tan alegre como pocas veces lo ha estado. Pero había que regresar. Tuve que entrevistar a la profesora en el Willis, con otra patinada en la loma incluida. Cuando nos despedimos, supe que había ganado una nueva amiga. Y mientras iba en el taxi hacia Lorica, pensaba en que, al igual que don Juan, ya tenía al menos una historia de San Bernardo del Viento. Última vez actualizado el : 07-05-2006 18:23
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