| Autor: Alonso López Ramírez, el 17-05-2006 11:47 |
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Sentado en el sofá, inquieto, trata de ver la televisión pero
no puede concentrarse. Tamborilea con los dedos y cada tanto da una miradita
corta al teléfono. Mientras, recuerda; por la puerta abierta del cuarto
de su hijo puede verse el saco lleno de trapos sucios con el que el pequeño
practica el boxeo. Pese a los reproches de su esposa lo compró para que
el niño se quitara de encima al abusón de su clase. Desde entonces,
cada tarde cuando el muchachito llega del colegio y termina sus deberes se van
juntos allí a entrenar.
El chico ha cogido fuerza en sus brazos, y al parecer también un poco
de técnica, si puede decirse. Él es un hombre que ha rechazado
siempre la violencia como método para la solución de los problemas
pero ya se cansó de verlo llegar con la boca ensangrentada, los ojos
morados o contusiones en el resto del cuerpo. Los directivos del colegio no
hicieron nada, al igual que la mamá del pelafustancillo aquél;
por el contrario, después de la acusación frente a ellos se tornó
más violento aún. Redobló la cuota de golpes que le propinaba
a diario y su hijo, quien al parecer tiene la misma aversión que él
hacia la violencia no ha hecho más que padecerlo.
Él sabe bien que ésas son cosas de niños, sin embargo,
decidió intervenir. Le ha exigido un gran esfuerzo para que se sobreponga
a todo y algún día le rompa la nariz a su enemiguillo. Así,
en un tono visceral le ha dicho:
-Nomás te mire le rompes las ñatas.
Aunque ya el intento fracasó una vez. Se le acercó su Némesis
y le palmeó la cabeza. Él levantó su mano para pegarle
pero lo dudó un segundo por lo que el otro se le fue encima. Otra vez
el dolor en la boca a la hora del almuerzo. Aunque eso haya sido así
él espera que su hijo cobre determinación. Por eso está
ahora nervioso, ansioso, como presintiendo que éste será un gran
día. Es la hora en que los chicos descansan en el colegio; toman las
monedas que sus padres guardaron en sus bolsillos y compran dulces que les llenan
de lombrices la barriga.
Da un vistazo al reloj: faltan cinco minutos para que todo se decida; faltan
cinco minutos para que una campana dé por terminado el recreo. Ya casi
va a desencantarse cuando suena el teléfono; se levanta apresurado y
toma el auricular. Cruza un par de frases, sonríe, cuelga, toma su abrigo
y se va. Justo antes de cerrar la puerta de la calle grita a su mujer:
- Celia, preparate un plato especial hoy para el campeón de la casa. Última vez actualizado el : 10-09-2006 09:46
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